sábado, 16 de mayo de 2020

jueves, 9 de abril de 2020

Teatro antidisturbios: La medicalización general de la sociedad, como  nueva forma de dictadura y estado de excepción

"Si esta cárcel sigue así, todo preso es político."
(Patricio Rey - Amado Boudou)

La pandemia mundial genera nuevas incertidumbres globales. La preocupación sanitaria, y tras de ella la económica, tienden a configurar la agenda de la coyuntura. Casi nadie parece preocuparse de una tercera dimensión del análisis: la experimentación y puesta en práctica de un nuevo régimen de dominación política planetaria.

En el 2001 nos dijeron: el mundo ya no volverá a ser el mismo. En el 2008 se nos repitió: el mundo ya no volverá a ser el mismo. A partir de este año 2020 ya sabemos que, para los sobrevivientes, el mundo que emerja de la pandemia ya no volverá a ser el mismo.

Bajo las formas cada vez más precarizadas del régimen jurídico del poder como soberanía, nos decía Michel Foucault en su clase del 14 de enero de 1976, se despliegan las formas, sin programa ni ideología, de las tecnologías y los dispositivos del saber disciplinario, como nuevo régimen de dominación de los cuerpos. Estos saberes y dispositivos brotan a su vez de la generalización de las prácticas de encierro.

Recuerdo la última vez que en nuestro país tuvimos que explicar por qué estábamos en la calle, dónde vivíamos y trabajamos, de dónde veníamos y adónde íbamos, no podía haber más de tres personas juntas en espacios públicos, y los patrulleros vigilaban los movimientos de las ciudades vacías. Fue durante la dictadura del general Videla. Hoy vivimos bajo un estado de sitio no oficialmente declarado, pero efectivamente implementado en la práctica. Y ejercido por medio de una concentración de poder nunca antes vista en nuestra historia, que tiende por medio de procedimientos inocuos e invisibles a suspender de facto las instituciones del Estado de Derecho.

Hoy el encierro general de la población, las calles vacías, las casas y departamentos, así como los comercios e industrias cerradas, la paralización general del sistema educativo (excepto bajo la novísima invención al servicio de la precarización laboral: el ‘teletrabajo’), son aclamadas y obedecidas por un consenso casi unánime, que no puede expresarse ni manifestarse, salvo por las encuestas y el respaldo de los grandes medios de comunicación.

La ministra de seguridad dice que 'hay que terminar con el individualismo'. La mejor forma de hacerlo es que todos permanezcan encerrados, nadie salga de sus casas ni se aproxime a ninguna otra persona. Que salgan a comprar sus insumos de supervivencia básica y retornen al encierro en el hogar. El ultragarantismo ha dado origen a una nueva forma -sanitaria- de disciplinamiento y vigilancia total.

Se nos dice que ‘luchamos contra un enemigo invisible’. El enemigo invisible puede estar en cualquier parte, puede ser cualquiera. Todos somos enemigos potenciales. Así, asistimos a la restauración sanitaria del Leviathan. Pero, como nos hallamos en estado de guerra contra un enemigo ubicuo, todos debemos temer de todos, separarnos unos de otros, y sólo confiar en la protección del Estado sanitario como Estado protector.

El propio presidente ha declarado que 'el Estado estará más presente que nunca'. De eso se trata precisamente. De disolver todos los lazos sociales básicos, y de esperar que el Estado nos proporcione -a todos- un subsidio para vivir.

El presidente que ganó las elecciones sin presentar ningún programa político ni económico, asumió su cargo y permaneció durante tres meses sin gobernar ni tomar decisiones, sin hacer nada ni explicar qué se proponía hacer -excepto obtener del Congreso nacional la delegación de las facultades y poderes que implicaban su autodisolución-, ha pasado de la inoperancia absoluta al ejercicio de un poder total, basado en una orden de encierro general de toda la población.

Hasta mediados de marzo no podíamos discutir ni disentir, simplemente porque, como el gobierno no gobernaba, no había nada sobre lo cual discutir. Por lo tanto, las discusiones giraban en torno a si era conveniente o no incurrir en una nueva cesación de pagos de la deuda, si se debe o no reducir el déficit fiscal, si debía o no aprobarse una legalización del aborto, si era pertinente o no una nueva rebelión agraria, si el presidente gobernaba o se dejaba gobernar, si había engañado a sus votantes, si existen o no presos políticos, si el nuevo gobierno era efectivamente nuevo o una variante de la anterior experiencia en el poder, etc. Todas discusiones vacías, abúlicas, viejas, teóricas, simplemente para matar el tiempo, porque no había nada acerca de qué discutir.

Desde el 20 de marzo no se puede discutir, porque se puso en marcha el ‘gobierno de los científicos’, al mejor estilo de Auguste Comte. Esto es, el  gobierno de los técnicos y especialistas, con quienes no se puede discutir, porque ellos están parados en la baldosa de la razón, y son ellos los comandantes del barco en el mar de la urgencia, a quienes debemos obedecer para capear la tormenta y evitar el naufragio.

La lógica consecuencia -la paralización y el completo desmantelamiento del sistema económico argentino- cuenta con una excusa inapelable e indiscutible, y una ocasión más que oportuna para cumplir de una vez con el programa original del justicialismo, que consiste en 'combatir el capital'. Los científicos comprometidos con la vida han abandonado a la deriva el tejido social. Es una tradición de las ciencias sociales en Argentina que sus leyes se aprenden para aprobar los exámenes, pero ningún ‘científico’ políticamente comprometido cree que las mismas tengan validez o se apliquen en la práctica: las leyes de la economía, de la sociología, de la ciencia y la filosofía política ‘se acatan pero no se cumplen’, se repiten de memoria, pero no son aplicables al caso argentino. Los únicos científicos confiables para el actual gobierno de los científicos son aquellos que desconocen y reniegan de todo lo que han aprendido en la universidad. Sólo la discrecionalidad y el voluntarismo, nunca la ley, ni las de los códigos, ni las de la ciencia, se respetan en Argentina.

Las más brillantes mentes de la ciencia natural y social de nuestro medio, los más destacados investigadores y becarios del Conicet, refulgen como  profesionales destacados en su especialidad, pero al mismo tiempo son incapaces de admitir el razonamiento aritmético elemental de que si se produce o recauda por ochenta no se puede gastar por cien. Reniegan de la Ley de Say, y jamás aceptarán que la razón más elemental exige producir por cien para poder gastar cien, o reducir los gastos a ochenta, ya que sólo se recauda ochenta. Que no se puede consumir más de lo que se puede producir. Todo esto es llamado por ellos ‘neoliberalismo’, e ideología. En nuestros gobernantes-científicos sociales impera el pensamiento mágico (quizás ello explique la relevancia de los antropólogos en su equipo), que todo lo soluciona imprimiendo papel con los rostros de los próceres del siglo XXI.

Se ha pasado, como se sabe, del gobierno de los gerentes (CEO’s) y banqueros, al gobierno de los científicos. De Saint-Simon a Comte. Lo que ambos tienen en común es que, a partir de ahora ya nadie podrá discutir con ellos ni puede haber disenso crítico, porque la crítica pública ya no es oposición, sino ignorancia, locura o estupidez. ‘Tenemos razon, y tendremos que convencer a uno por uno de que están equivocados’, ha dicho el Presidente; esto es: sólo nosotros poseemos la verdad, y los demás no saben nada. En el gobierno de los científicos, para discutir hay que saber. A propósito: ya que el gobierno de los cientificos está poblado de sociólogos, apelo a su memoria para que eventualmente recuerden aquella clase en la que les explicaron la distinción weberiana entre el científico y el político.

Se trata -como en todo el mundo- de implementar lo que Michel Foucault llamó la 'medicalización general de la sociedad', una dictadura que clasifica a las personas según su temperatura corporal, y nos pide documentos, permisos y certificados de circulación callejera en nombre de la biopolítica y del biopoder. Es la realización completa y total del proyecto de una administración disciplinaria de la sociedad, o de la instauración, ya vaticinada por el filósofo francés. de una sociedad disciplinaria. Todo ello ejercido por un 'poder pastoral' que nos cuida a un tiempo a todos y a cada uno, a toda la sociedad y a cada individuo, omnes et singulatim. Un 'poder paternal', que implementa el silencio y la quietud total de toda la población en nombre de un bien mayor, que es el más básico de todos -la preservación de nuestros cuerpos-. Un poder que nos cuida y protege, el poder político devenido en poder medicinal y sanitario. La ausencia de todo disenso en nombre de la sanidad, de la seguridad más primaria.

En nombre de la sanidad de los cuerpos, se decreta la disolución de la economía y la  sociedad: de la vida social, cultural, económica y política. La sociedad es sacrificada a la vida; y en nombre del más primario y animal de los derechos se suspende sine die el estado de derecho, y se instaura un poder decisionista que establece sin término el estado de excepción.

Michel Foucault desarrolló sus argumentos desde mediados de la década del ‘70 hasta su muerte, acaecida en 1984 a causa de un virus que, como se nos dijo en ese momento, ‘cambará a la sociedad para siempre’. En los años ‘80, en las letras de rock rioplatense, que entre otras cosas nos hablaban de ‘vivir en democracia en medio de los muertos’, una de aquellas poesías apocalípticas  más recordada nos decía que: ‘en este rollo de monos de polvo hemos perdido el rastro unos minutos. Un par de monos más, unos terrícolas, vencedores vencidos’. Pero a la vez nos advertía que todo esto se desarrollaría bajo la forma de un “ensayo general para la farsa actual: teatro antidisturbios”.

De esto se trata precisamente. Es importante retener esta idea: esto no es más que un experimento, un ejercicio de prueba de la nueva gubernamentalidad de los cuerpos. Lo relevante de esta pandemia no es ella misma, sino lo que dejará para el futuro: el rediseño definitivo de la normalidad y la institucionalidad: la emergencia de un nuevo régimen de dominación, basado en la vigilancia absoluta y el control de las palabras y los cuerpos. La mutación del estado de derecho -con la abolición de las garantías constitucionales, y la disolución de los poderes públicos- en un Estado médico-asistencial dotado de un mega-poder administrativo de control, cuyos funcionarios ejercerán su dominación de un modo ascéptico, con barbijo, guardapolvo y guantes de goma.

Como se ha dicho, en lo que hoy observamos de lo que se trata es de un ‘ensayo general’ a escala planetaria; una puesta a punto que se decide por fin atar los cabos hasta ahora sueltos. Todas las posibilidades, y las ‘tecnologías’ de vigilancia, control, y telepoder ya estaban disponibles, pero hasta ahora no se las había articulado, ni implementado u operado como un ‘sistema’. A eso es a lo que asistimos hoy. Al experimento de la factibilidad, operatividad y viabilidad cotidiana de una neo-gubernamentalidad estatal aseguradora.

Ni una voz en contra, ni una -ya inconcebible- manifestación pública o concentración de protesta. Los más afectados y perjudicados -los que no pueden ni salir de sus casas ni ir a trabajar, o los que, autorizados con un permiso especial para salir, deben quedarse afuera del tren o el colectivo-, son los menos dispuestos a quejarse o protestar, porque son ellos los que eligieron al poder democráticamente autorizado a disolver y disciplinar a toda la sociedad. Porque toda esta parafernalia de tecnología de ejercicio del biopoder es la herramienta fría que requería un programa que también se ha venido gestando, pero no encontraba sus bases de legitimidad, hasta converger aquella técnica finalmente con el programa: el populismo como técnica de ejercicio del poder. Por eso es que hoy todos callan: porque por fin queda consagrada como alternativa legítima de poder la oleada de regímenes populistas que desde el comienzo de este siglo se proponen poner una lápida final a la era de la vigencia del estado de derecho, su estructura institucional y sus valores. Asistimos a la proliferación de un virus que corroe y mata la constitución liberal.

El reino del terror devenido en pesadilla sanitaria. El miedo al desborde de los hospitales, la ausencia de camas y respiradores, a los muertos hacinados entre los vivos, justifica el nuevo Leviathan en nombre -como aquél del siglo XVII- del individualismo, el organicismo y biologicismo más absoluto. La vida, alguna vez fundamento de los derechos del hombre, es puesta ahora al servicio de la abolición de los derechos del hombre y el ciudadano.

En esta dictadura científica, se cumplen los preceptos de la neolengua orwelliana que nos explicaban que 'la guerra es la paz; la libertad es la esclavitud; la ignorancia es la fuerza'. Las clases en las aulas se suspenden ad infinitum. La actividad económica, cultural, académica, social, han sido definitivamente paralizadas. La política ya no existe -los partidos y movimientos no protestan, el congreso se ha autodisuelto-  frente al consenso sanitario y el poder de los científicos. Sólo la dominación pura y simple de los hombres buenos y sabios, los integrantes de la casta de los únicos autorizados a circular libremente. Junto con un periodismo al que su libertad ambulatoria se le concede a cambio de que deban 'informar bien' y 'no mentir'; esto es, justificar y avalar, sino aplaudir; pero no cuestionar. La sociedad callada, la prensa acallada. El gobierno del miedo, que en nombre de la vida ha decidido aniquilar la producción y el trabajo, la industria y el comercio, y toda actividad social y cultural -para no reconocer que nunca tuvieron una politica para atender estas cuestiones-. La naturaleza, mientras tanto, renace y avanza, ya que los hombres retroceden y se refugian en sus ciudades fantasmas, liberada por fin de la invasión de los millones de hombres encapsulados en sus cubículos durante un plazo sin fin.

Los partidos políticos, el Congreso de la Nación, los tribunales de justicia, se han autoliquidado. Con una economía en coma, a punto de morir, todos aceptarán la estatización general de las empresas, el congelamiento de los precios y los contratos, la regulación y planificación central, la emisión monetaria sin fin, y un subsidio mínimo vital y justo para todos.

Por fin hemos llegado a un consenso básico: para salvar la vida, para que el hombre viva, es necesario que la sociedad muera, se anule y deje de existir. La sanidad -el cuerpo, el propio uno- prima sobre la producción de la vida social. Esa es la conclusión final del gobierno de los científicos, que de ahora en más no tolerará jamás ninguna objeción, ninguna disidencia, ninguna protesta, en nombre del sacrificio común que a todos se nos impone y exige para aceptar de ahora en más una mera supervivencia animal, una existencia miserable.

De la ausencia de todo poder -de toda idea para el ejercicio del poder-, de la completa parálisis e impotencia, surge de pronto, por mera contingencia, el más gigantesco e inapelable de todos los totalitarismos. El pensamiento, la reflexión, la palabra, ya son cosa del pasado. Pero a partir de ahora el pasado -así el más próximo como el más lejano- y sus discordias han sido para siempre abolidos. Por ello asistimos hoy al cumplimiento del apotegma del Ingsoc, que tal y como sostenía G. Orwell  en "1984" sostiene que 'quien controla el presente controla el pasado. Y quien controla el pasado controla el futuro.'

Es el nacimiento del Estado profiláctico, que por fin ha pasado de la dominación de los hombres a la administración de las cosas. El sueño de Comte y Saint-Simon se ha hecho realidad. Sólo que, si los hombres son sólo cuerpos, es decir cosas, la administración de la vida de los cuerpos ha pasado a ser la nueva modalidad de la gestión de la sociedad, esto es, de la dominación sobre los hombres. Hoy por fin la ciencia proporciona la carta de legitimidad requerida por un ejercicio de la estatalidad consistente en la administración de los hombres como si fueran cosas.

E.F.

domingo, 3 de noviembre de 2019

Artículo de 'La Vanguardia', de España, publicado el 1° de noviembre de 2019

https://www.lavanguardia.com/opinion/20191101/471316507285/argentina-no-tiene-solucion.html

jueves, 19 de abril de 2018

Jornadas de Sociología Pragmática - Ponencia fuera de programa

Hola a todos,

recientemente el IDAES de la UNSaM realizó unas Jornadas dedicadas a la discusión de la Sociología y Antropología Pragmática. Como suele ser usual en esta institución, los organizadores armaron por su cuenta todas las actividades y se autoseleccionaron para participar en los distintos paneles y mesas, sin realizar ninguna convocatoria abierta que pudiera poner en peligro su espíritu sectario y su consenso cognitivo subyacente. Por lo que sólo se anunció y publicitó el evento ya organizado de antemano, con el respectivo cronograma de actividades y la lista -cerrada- de expositores.

Ante el conocimiento de un evento de tamaña relevancia y magnitud, y no queriendo quedarme afuera de la discusión de un tema que me resulta tan relevante, elaboré velozmente un esbozo de ponencia, que acerqué a uno de los participantes de la mesa que me parecía más apropiada para la presentación del mismo -la relativa a la discusión entre TAR y teoría social-. La misma fue presentada, pues, fuera de programa, y sin ser admitida previamente en la organización de la misma.

Como esta ponencia no habrá de tener mayor difusión en las actas de las jornadas, ni por ningún otro medio, aprovecho este espacio para difundirla y publicarla, a los fines de que la misma y sus consideraciones y reflexiones no caigan definitivamente en el olvido.

A continuación, pues, publico la ponencia que no pudo ser incluida en las Jornadas sobre Sociología Pragmática, por ausencia de toda convocatoria abierta a la participación en la misma:



La ideología francesa(o la nueva miseria de la filosofía)


Ernesto Funes
(sociólogo de lo social)
(UBA, Flacso, IDAES/UMSaM, Univ. de San Andrés)


Luche a tu lado para ti, fue culpa del amor.... dan ganas de balearse en un rincón.
Homero Expósito 

‘Si estamos de acuerdo, por qué discutimos?’
Homero Simpson


Hubo una época en la que para ser sociólogo había que estudiar. De ese ignominioso elitismo vino por fin a redimirnos la sociología pragmática.

Ya podemos prescindir por fin de aquellas tediosas lecturas que consumieron tantas horas desperdiciadas de nuestra juventud. Hoy tenemos una sociología adecuada a la era de los millenials: la sociología 2.0, que se escribe en 140 caracteres. O mejor, que ya no se escribe: la ciencia por fin se confunde con la vida, es un relato más que etnografiar, uno más de las etnociencias, los saberes impuros y sociolectos de la vida cotidiana. Como todo lo que ocurre en la historia siempre sucede dos veces, nuevamente se vuelve a cumplir la profecía que anticipó que hoy en día ya es lo mismo ser derecho que traidor; que todo es igual y nada es mejor, con sus previsibles consecuencias. Pero en esta ocasión, a la vez como farsa epistemológica, y tragedia de la sociología.

Pero calma, pues aún nos quedan -Dios nos guarde!- San Laurent, San Bruno y San Luc, novísimos profetas del ANTiprofetismo neotardeano.

Después de todo, en la era del hiperpresente y la post-verdad, el Ministerio de la Verdad  -desde hace décadas en manos de la Escuela Francesa- se ocupa de borrar los nombres y pulverizar los rastros de A. Schutz, H. Garfinkel y Herbert Blumer, para sacar de sus cenizas el germen mismo de la ‘teoría del actante-rizoma’.

Método etnográfico ‘al uso nostro’ (‘follow the actors!’), sincretismo fenómeno-interaccional-etnometodológico, microsociología de la ciencia, filosofía barata y zapatos de goma constituyen el nuevo ensamblado humano/no humano que sustituye a los saberes globales del ayer, según la conocida máxima de la era de la post-verdad (llamada teoría de la ‘epreuve’) que sostiene que ‘quien controla el pasado controla el presente, y quien controla el presente controla el futuro’.

Ahora bien, cuando ya hubimos acordado que por fin podemos prescindir de los clásicos, de pronto aparencen los neo-tardeanos, los retro-tardados, los Tar-atareados, los tar-areados, los neo tar-ados, o como quiera que se los denomine (sabemos que la mayor parte de su tiempo y esfuerzo lo dedican a inventarse cada día un nuevo nombre).

Los ‘a-sociólogos’, parece que también les gusta, y admito que me parece muy justo y apropiado.

El sociólogo thatcherista L.B. Nos informa (fiel a su estilo, tardíamente) que: ‘La sociedad no existe’. Bueno, ‘un problema menos’, como diría Forrest Gump.

Sabido es que, cuando los franceses traducen algo de algún otro idioma, la humanidad entera aprende algo nuevo (que ya había sido descubierto, e incluso olvidado, treinta años antes, pero sin tanto escándalo). Cuando, treinta años despues de su publicacion original, se traducen finalmente al francés los trabajos de Schutz, Garfinkel, y el interaccionismo simbólico, de esa ensalada sazonada con un poco de Nietzsche y el infaltable mayo del 68 surge la sociología pragmática francesa. Si no me creen, sugiero leer el trabajo De M. Corcuff, ‘Las nuevas sociologías’, con su catálogo de novedades francesas todas ellas extraídas del museo de la sociología americana del siglo XX.

La escuela francesa es simplemente la forma populista -esto es, anti-intelectualista- de la sociología; que consiste en la mixtura entre sociología americana por un lado, y nacionalismo militante antinorteamericano por otro, sazonada por la juvenilia neo-nietzscheana tardía y más envilecida del mayo francés. Su consigna de guerra siempre fue: ‘abajo el sistema’; que equivale a decir: ‘abajo la teoría de sistemas’; o, lo que es lo mismo: ‘abajo la sociología americana’; o en otras palabras: ‘abajo Parsons’. Su patriotico rechazo antiimperialista es tal, que el mismo se transforma en la fuente de la olímpica ignorancia que les impide percibir que todas sus novísimas ideas no son sino una repetición de las viejas consignas de la tradición interaccionista americana clásica. Así, por rechazar a Parsons - y confundir a Parsons con la sociología estadounidense en general- devienen en los anacrónicos e inconscientes militantes de la escuela de Chicago; que se ufanan de reencarnar bajo la forma de actantes humanos y no humanos el programa original/final del interaccionismo simbólico.

Del ‘el sociologo no es otra cosa que un investigador’ de P. Bourdieu, al descubrimiento tardío de la sociología fenomenológica y la etnometodología: los franceses, que en sociología siempre llegan tarde -pero entusiastamente- a todo, se empeñan en forcluir la constatación de que detrás de Parsons se encuentra E. Durkheim. Es con esa carga culpógena de fondo que reniegan de su propia tradición; y abrazan, treinta años más tarde, los descubrimientos de aquella escuela que por su origen proclaman detestar: la de la microsociología de la ciencia (última perla de la etnometodología americana), para reeditar de ese modo el viejo debate entre interaccionismo y estructuralismo -que por cierto hace rato también ya ha sido superado por la moderna teoría de sistemas (esto es, por la Escuela Alemana; pero mejor evitemos encender nuevamente la chispa del conflicto en el seno de la UE, en la era del Brexit y la secesión catalana).

Así pues, el último aforismo de moda es: ‘Weber ha muerto: ha nacido la sociología pragmática’. Han nacido la TAR y sus seguidores -a los cuales, insisto con mi duda, cómo hemos de llamar?- Ha nacido, pues, la sociología de los ‘actantes’ - que no es otra cosa sino una sociología sin pasado, esto es, una sociología para lactantes.

La liquidación final de una sociología hace largo tiempo moribunda se anuncia hoy con las fanfarrias que acompañan a la famosa consigna antes mencionada, que es el lema de nuestro tiempo: ‘Follow the actors!’ (Callon, 1986; Rial, 2001). Así, lo que naciera como una epopeya científica, y fuera una vocación y un oficio de 200 años, acaba finalmente por explicitar y llevar a la práctica el sueño más profundo que alberga en su corazón todo sociólogo pragmático de nuestro tiempo: llegar a ser, en un día no muy lejano, no otra cosa más que un movilero de ‘Intrusos en el Espectáculo’. 

Casi para terminar quiero anotar la siguiente reflexión, que requiere -perdón!- de una referencia erudita que confiesa mi juvenil pecado de lector: en el antepenúltimo párrafo del Epílogo de la segunda edición de El Capital, K. Marx nos cuenta que, de joven, se divertía con sus biliosas diatribas al encumbrado Hegel, al que tan cruel y minuciosamente supo pulverizar; pero que treinta años más tarde, al leer las cosas que se escriben en ese mismo tiempo, cree que es necesario y urgente volver a leer al viejo  Hegel. Muy modestamente he de decir que, salvando las evidentes distancias, a mí me ocurre algo parecido: en los años de mi formación estudiantil, allá por fines de la década del ‘80, detestaba tener que leer ese puré en el que Giddens y Bourdieu habían convertido a la sociología, trocando la teoría sociológica en una mera caja de herramientas. Pero cuando hoy en día leo los lamentables engendros de la así llamada ‘sociología pragmática’, me arrepiento de aquel jactancioso desprecio juvenil, y considero que, frente a los autores de la teoría del actante-rizoma, Giddens y Bourdieu tienen la envergadura de Platón y Aristóteles. Ya no pido que leamos a Parsons, a Adorno, a Habermas o a Luhmann: pero creo que es urgente que volvamos a releer una vez más aunque más no sea, los viejos libros setentistas de Giddens o Bourdieu. A pesar de sus esfuerzos, había todavía allí un esfuerzo por sostener en pie a la teoría sociológica. Y eso es lo que hoy está ya definitiva y explícitamente ausente.

Creo en lo personal que hay efectivamente dos sociologías. Lo que las diferencia es que en una de ellas -la de antes- para ser sociólogo había que estudiar; y en cambio en la otra  -la de ahora- alcanza con prender el grabador. Alguna vez existió -cuentan los grandes relatos- una sociología con ambición, ejemplos, hazañas y espíritu de gigantes. Lo que hoy se nos ofrece bajo el nombre de ‘nueva sociología’ no es otra cosa que una sociología con espíritu de hormigas.

Díganme Uds., de corazón, si no dan ganas de balearse en un rincón.

Pero lo que se proclama a tambor batiente como ‘el fin de la sociedad’, no es otra cosa que la decadencia y degradación final de la escuela francesa. La sociedad no ha muerto, pues nunca ha muerto la Escuela Alemana.

Quisiera ahora sí finalmente concluir con una cita que tiene reminiscencias clásicas -ya que, como sociólogo de lo social que soy, creo con Parsons que la cultura es la estabilizadora de la identidad de los individuos y los grupos; y que ello no difiere mucho de lo que ya antes afirmara Marx, al sostener que la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. La misma es la que dice:

“ Y con esto me despido
Sin espresar hasta cuándo;
Siempre corta por lo blando
El que busca lo siguro,
Mas yo corto por lo duro,
Y ansí he de seguir cortando.
....
Es la memoria un gran don,
Calidá muy meritoria;
Y aquellos que en esta historia
Sospechen que les doy palo,
Sepan que olvidar lo malo
También es tener memoria.

Mas naides se crea ofendido
Pues a ninguno incomodo,
Y si canto de este modo,
Por encontrarlo oportuno,
No es para mal de ninguno
Sino para bien de todos.
(M.F., XXXIII)


Notas

La sociología pragmática no requiere de notas, pues carece de pasado, de referentes, de presente y de porvenir. E.F.


lunes, 14 de agosto de 2017

Spinetta: Alfil

Hola,

hoy, 13 de agosto de 2017,

"es domingo y está todo en calma,
y de golpe
llora

Alfil
ella no cambia nada

Algo me dice: sale el sol
sale el sol
algo me dice: sale el sol

POR FIN!!!!!!!!!!!!!!!!!!!"

https://www.youtube.com/watch?v=TOVpbk-CG_Y




sábado, 14 de enero de 2017

Algunas Consideraciones Sociológicas acerca del Populismo



El populismo se ha presentado siempre como un fenómeno anómalo y misterioso en el contexto de  los regímenes políticos. Se lo relaciona con un estilo, con una deformación, con características  derivadas de una modalidad de conducción personalista, con cierto tipo de políticas, con un tipo de interprelación discursiva, o con una modalidad de interpretación retórica de la política.

Sociológicamente, en cambio, el populismo no presenta ningún misterio. Es la expresión, en el  ámbito de las prácticas políticas, de un fracaso en el proceso de modernización social.

Puntualmente, el populismo es el resultado, a nivel político, de un proceso de modernización social protagonizado por los grupos y estamentos rurales o campesinos, en lugar de ser llevado a cabo por actores, estamentos o clases urbanizadas. Es la modernización y urbanización-'civilización'- llevada a cabo por los actores del campo, en detrimento de los de la ciudad. Si la  modernidad es urbana, y la ciudad es moderna, el campo representa el acervo y la reserva de la  cultura tradicional, localista y pre-moderna de una sociedad. En los procesos de modernización acelerada, y sobre todo de modernización inconclusa, la ciudad no civiliza (no urbaniza) al campo ni a sus habitantes -que la pueblan como resultado de los procesos migratorios de movilización social-, sino que el  campo coloniza, con sus modos, costumbres, lenguaje y estilos comunicativos, etc., a la ciudad y sus instituciones. El resultado de todo ello es la corrosión, en la práctica, de los principios  institucionales propios de las prácticas 'modernas'. Este tipo de envilecimiento de la modernidad, de la urbanidad y la civilidad, cultural y políticamente se traducen en el entramado de fenómenos que usualmente agrupamos bajo la denominación de 'populismo'.

Todos los regímenes y proyectos modernizadores que tienen como protagonista principal al campesinado asumen modalidades populistas. Ejemplos: la revolución mexicana, la revolución rusa, y sobre todo la revolución china y sus herederas. En todos los casos se trata de negar o rechazar los principios de la cultura moderna, y sus ordenamientos institucionales, como ordenamientos ajenos a las prácticas identitarias del actor revolucionario -y, como tal, como elementos componentes de una cultura extranjera e invasora. El caso más 'modernizado', en el que el campesinado desorganizado alcanza a ser encuadrado y 'civilizado' institucionalmente, es el mexicano, por medio del PRI.

La naturaleza de los regímenes populistas ya había sido exhaustivamente analizada por Karl Marx en 'El 18º Brumario de Luis Bonaparte'. De ahí que la tradición marxista se refiera a este fenómeno como 'bonapartismo'. La premisa de este razonamiento es que 'el pueblo' no es 'el proletariado', ni la clase trabajadora: es otra clase, que por su estilo de vida responde a los parámetros tradicionalistas de la sociedad premoderna, basada en la dominación autoritaria, la que, debido a la debilidad social y política intrínseca a los grupos que la originan, es delegada para su ejercicio en un tercero que se coloca 'por encima de la sociedad', como 'representante de la nación en su conjunto', árbitro entre las clases, y exponente de un estancamiento en la lucha de clases urbana, por incapacidad de ambas partes de asumir las tareas de una 'clase dirigente'.

Ahora bien: si el populismo es la expresión del predominio cultural y político de las 'clases populares' -esto es, rurales y campesinas-, que se traduce en las formas del autoritarismo político, hegemonismo nacionalista, y un mix de liberalismo y socialismo articulados en términos comunitaristas que colocan al Estado como una instancia autónoma por encima de la sociedad, para la protección de los grupos sociales vulnerables, pero en particular para la regulación política del proceso económico privado; un caso muy particular del mismo será aquél en el que el populismo se origine a partir de una constelación de actores rurales a los que ya no puede estrictamente denominarse 'campesinado', pues en ese caso particular el campesinado es una clase estadística y demográficamente marginal.

Me estoy refiriendo a un tipo de populismo 'sin campesinado', surgido en una sociedad eminentemente urbana, o urbanizada -en la que al menos el 70% de la población vive en las grandes ciudades-. Se trata de un tipo de populismo muy especial: la influencia de los estamentos rurales en sociedades cuya estructura social es eminentemente urbana, pero cuya economía y su renta global gira en torno al sector primario, y a una forma de producción eminentemente agrícola. Una sociedad urbana sin industrias, o desindustrializada, con una migración interna aluvional constante, como resultado de que las relaciones propias de su ordenamiento económico agrario son expulsoras de la población rural.

En un contexto como éste, las ciudades no cesan de incrementar su población por medio de la recepción y absorción de la población rural excedente. Esta población -portadora de usos, costumbres, valores, prácticas y lenguajes rurales- se asienta y acumula en las periferias de las grandes ciudades, y progresivamente coloniza grandes espacios dentro de las mismas, bajo la forma de asentamientos precarios que no cesan de crecer, y que tienden a borrar los límites entre las ciudades y sus periferias, extendiendo así sus 'conurbanos'. Pero esta ciudad no tiene estructuras económicas, laborales u ocupacionales capaces de absorber e 'incluir' a dicha población en el sector laboral formal, ni en su actividad económica 'urbana', ya que la economía industrial se encuentra estancada. 

Esto da como resultado que 'la sociedad se revoluciona, pero el hombre no', como dice Marx en 'La cuestión judía'. La cultura rural arraiga de este modo en las grandes ciudades: en sus periferias, en sus 'conurbanos', y finalmente en los grandes asentamientos precarios urbanos mismos. Es el campo -la población rural- que se ha desplazado a la ciudad; pero a la vez, permanece inmune a la ciudad. En este contexto, la ciudad no civiliza, sino que por el contrario, se barbariza. El ‘obrero nuevo’ -producto de las migraciones internas del campo a la ciudad- no es un actor surgido de las relaciones económicas industriales propias del medio urbano, sino que es, simplemente, un campesino vestido de overol. Las  nuevas masas obreras arrastan consigo la cultura tradicional, autoritaria y localista surgida del medio rural, la reproducen intergeneracionalmente en el nuevo locus urbano, y la adaptan contínuamente a las mutaciones del mismo.

Los grandes conglomerados periurbanos reproducen intergeneracionalmente, como queda dicho, su rústica cultura tradicional de raigambre local originaria -con su estilo de vida, sus usos, costumbres, forma de ocupación del espacio y hábitat, modismos comunicativos, etc.- en el nuevo contexto espacial. Por otro lado, este mismo contexto, con sus propias estructuras comunicativas ampliadas por los medios de comunicación de masas, no sólo incorporan a su acervo cultural las nuevas modalidades, favoreciendo la hibridación cultural rural-urbana, sino que contribuyen a la difusión de las novedades surgidas de dicha hibridación -ni rural, ni urbana; ni tradicional ni moderna- a escala de la sociedad global, incluyendo así a las poblaciones urbanas, y a los asentamientos rurales originarios (con lo que se favorece una 'para-modernización populista' de caracter cultural, que se incorpora a las prácticas interactivas e institucionales de las nuevas generaciones).

En un proceso inverso al que Jürgen Habermas denominaba 'colonización sistémica del mundo de la vida', aquí los 'sistemas' -esto es, las instituciones y prácticas moderno/urbanizadas, funcionalmente diferenciadas- son 'colonizadas' por un 'mundo de la vida' de origen rural, que rechaza las reglas formales y procedimentales que ordenan el funcionamiento interactivo e institucional de la vida urbana, como extraño y ajeno a su propia cultura y modo de vida; y que afirma valores particularistas, personalistas y basados en el parentesco y el patronazgo personal, tradicionales (anti-modernos), autoritarios, rústicos, anti-intelectualistas, anti-meritocráticos, y anti-institucionales o formal-legalistas ('impersonales'). 

Al decir que el populismo se caracteriza, además de por su anti-intelectualismo (como forma del anti-elitismo), por su ‘anti-institucionalismo’, no quiero decir que el populismo no sea capaz de crear instituciones -sus propias instituciones-; sino que el mismo es ‘refractario a las instituciones’ -no sólo a las ‘antiguas’ o ‘clásicas’ (ya a las previamente vigentes en términos históricos, o a las que de caracter ‘racional-legal’ en términos procedimentales, y propias de la sociedad urbana industrial moderna), sino incluso a las propias: es una modalidad, arraigada en los valores, las actitudes y las costumbres- de desobediencia como forma de la rebelión y la resistencia de la cultura rural a la urbana moderna, que le resulta extraña. El populismo resiste a los encuadramientos normativos, y se sujeta sólo a relaciones de poder -a la sumisión a un poder extraño, por debilidad, o a la imposición a este poder extraño de sus propias normas; pero a la vez a la desobediencia burlona de las mismas, ya sean propias o ajenas, en una actitud a la vez cínica y lúdica respecto de ellas, como una mera afirmación y expresión reveladora de la voluntad -y de la identidad- de los que mandan.

El populismo es el proceso de colonización de la ciudad por el campo, y la derrota de la civilización por la barbarie. Es, en suma, un tipo de socialización que pone de manifiesto el fracaso del proyecto de la Modernidad, y la posibilidad realizada de una desviación o distorsión del mismo, en el que se invierten los valores que le dieron origen.

Ahora bien, en una era de globalización acelerada, de migraciones intra e internacionales masivas de las regiones y países más atrasados y pobres a los más adelantados y ricos; y de incorporación a la economía y las comunicaciones mundiales de inmensas poblaciones hasta ahora localmente arraigadas, la modernización ya no puede pensarse más como un proceso etapístico de pasaje de la sociedad tradicional a la moderna, y de desplazamiento del centro de gravedad social del campo hacia la ciudad. Campo y ciudad, tradición y modernidad, civilización y barbarie coexisten y se hibridan mutuamente -la modernización es sistémica, y la tradicionalización populista es social-, por lo que los procesos populistas son y serán inevitables en la medida en que las poblaciones rurales migrantes, o los bolsones obreros desproletarizados (segmentos y capas de desocupados estructurales y crónicos; y clases medias precarizadas), no puedan ser incorporadas a la 'civilización moderna' industrial y urbana; sino que, al encontrarse estancadas y sólo incluidas bajo la forma de la exclusión, se conviertan en gigantescos ghettos marginales dotados de una subcultura propia que rechaza los principios de la modernidad. En las etapas anteriores de la modernización, la misma era interpretada como un pasaje y una transición que implicaba un progreso: por lo tanto, como una invitación al aprendizaje como vía de incorporación e inclusión social. En la etapa actual, por el contrario, las culturas locales tradicionalistas originarias son reivindicadas como poseedoras de un valor propio, y la aspiración de las 'masas populares' es la de ser incluidas 'tal y como son', sin someterse a ningún proceso de ‘civilización’, educación, aprendizaje, urbanización o modernización universalista de sus estilos de vida. Esto es una consecuencia práctica del abandono del ideal u horizonte de la historia como 'progreso' o 'evolución', el aplanamiento de los horizontes temporales y los proyectos sociales, y el 'relato' dominante acerca del 'fin de la historia'. El mismo se traduce en un sincronismo perpetuo, y en una coexistencia inescapable de lo viejo y lo nuevo, lo particular y lo universal, la civilización y la barbarie, en un mismo contexto indistinguible.

En la medida en que dichas tendencias quedan encapsuladas como manifestaciones culturales 'étnicas' o de las nuevas 'tribus urbanas', pero no alcanzan a colonizar el ámbito de las instituciones políticas modernas -esto es, al estado de derecho-, forman parte del pintoresquismo posmoderno de la modernidad globalizada. Pero en la medida en que el sistema político carece de instrumentos para impedir su colonización por este tipo de orientaciones culturales, que se apoderan del mismo en nombre de la 'democracia' y la 'inclusión', es que surge el fenómeno político conocido como 'populismo'.

E.F.