Hola,
hoy, 13 de agosto de 2017,
"es domingo y está todo en calma,
y de golpe
llora
Alfil
ella no cambia nada
Algo me dice: sale el sol
sale el sol
algo me dice: sale el sol
POR FIN!!!!!!!!!!!!!!!!!!!"
https://www.youtube.com/watch?v=TOVpbk-CG_Y
lunes, 14 de agosto de 2017
sábado, 14 de enero de 2017
Algunas Consideraciones Sociológicas acerca del Populismo
El populismo se ha presentado siempre como un fenómeno anómalo y misterioso en el contexto de los regímenes políticos. Se lo relaciona con un estilo, con una deformación, con características derivadas de una modalidad de conducción personalista, con cierto tipo de políticas, con un tipo de interprelación discursiva, o con una modalidad de interpretación retórica de la política.
Sociológicamente, en cambio, el populismo no presenta ningún misterio. Es la expresión, en el ámbito de las prácticas políticas, de un fracaso en el proceso de modernización social.
Puntualmente, el populismo es el resultado, a nivel político, de un proceso de modernización social protagonizado por los grupos y estamentos rurales o campesinos, en lugar de ser llevado a cabo por actores, estamentos o clases urbanizadas. Es la modernización y urbanización-'civilización'- llevada a cabo por los actores del campo, en detrimento de los de la ciudad. Si la modernidad es urbana, y la ciudad es moderna, el campo representa el acervo y la reserva de la cultura tradicional, localista y pre-moderna de una sociedad. En los procesos de modernización acelerada, y sobre todo de modernización inconclusa, la ciudad no civiliza (no urbaniza) al campo ni a sus habitantes -que la pueblan como resultado de los procesos migratorios de movilización social-, sino que el campo coloniza, con sus modos, costumbres, lenguaje y estilos comunicativos, etc., a la ciudad y sus instituciones. El resultado de todo ello es la corrosión, en la práctica, de los principios institucionales propios de las prácticas 'modernas'. Este tipo de envilecimiento de la modernidad, de la urbanidad y la civilidad, cultural y políticamente se traducen en el entramado de fenómenos que usualmente agrupamos bajo la denominación de 'populismo'.
Todos los regímenes y proyectos modernizadores que tienen como protagonista principal al campesinado asumen modalidades populistas. Ejemplos: la revolución mexicana, la revolución rusa, y sobre todo la revolución china y sus herederas. En todos los casos se trata de negar o rechazar los principios de la cultura moderna, y sus ordenamientos institucionales, como ordenamientos ajenos a las prácticas identitarias del actor revolucionario -y, como tal, como elementos componentes de una cultura extranjera e invasora. El caso más 'modernizado', en el que el campesinado desorganizado alcanza a ser encuadrado y 'civilizado' institucionalmente, es el mexicano, por medio del PRI.
La naturaleza de los regímenes populistas ya había sido exhaustivamente analizada por Karl Marx en 'El 18º Brumario de Luis Bonaparte'. De ahí que la tradición marxista se refiera a este fenómeno como 'bonapartismo'. La premisa de este razonamiento es que 'el pueblo' no es 'el proletariado', ni la clase trabajadora: es otra clase, que por su estilo de vida responde a los parámetros tradicionalistas de la sociedad premoderna, basada en la dominación autoritaria, la que, debido a la debilidad social y política intrínseca a los grupos que la originan, es delegada para su ejercicio en un tercero que se coloca 'por encima de la sociedad', como 'representante de la nación en su conjunto', árbitro entre las clases, y exponente de un estancamiento en la lucha de clases urbana, por incapacidad de ambas partes de asumir las tareas de una 'clase dirigente'.
Ahora bien: si el populismo es la expresión del predominio cultural y político de las 'clases populares' -esto es, rurales y campesinas-, que se traduce en las formas del autoritarismo político, hegemonismo nacionalista, y un mix de liberalismo y socialismo articulados en términos comunitaristas que colocan al Estado como una instancia autónoma por encima de la sociedad, para la protección de los grupos sociales vulnerables, pero en particular para la regulación política del proceso económico privado; un caso muy particular del mismo será aquél en el que el populismo se origine a partir de una constelación de actores rurales a los que ya no puede estrictamente denominarse 'campesinado', pues en ese caso particular el campesinado es una clase estadística y demográficamente marginal.
Me estoy refiriendo a un tipo de populismo 'sin campesinado', surgido en una sociedad eminentemente urbana, o urbanizada -en la que al menos el 70% de la población vive en las grandes ciudades-. Se trata de un tipo de populismo muy especial: la influencia de los estamentos rurales en sociedades cuya estructura social es eminentemente urbana, pero cuya economía y su renta global gira en torno al sector primario, y a una forma de producción eminentemente agrícola. Una sociedad urbana sin industrias, o desindustrializada, con una migración interna aluvional constante, como resultado de que las relaciones propias de su ordenamiento económico agrario son expulsoras de la población rural.
En un contexto como éste, las ciudades no cesan de incrementar su población por medio de la recepción y absorción de la población rural excedente. Esta población -portadora de usos, costumbres, valores, prácticas y lenguajes rurales- se asienta y acumula en las periferias de las grandes ciudades, y progresivamente coloniza grandes espacios dentro de las mismas, bajo la forma de asentamientos precarios que no cesan de crecer, y que tienden a borrar los límites entre las ciudades y sus periferias, extendiendo así sus 'conurbanos'. Pero esta ciudad no tiene estructuras económicas, laborales u ocupacionales capaces de absorber e 'incluir' a dicha población en el sector laboral formal, ni en su actividad económica 'urbana', ya que la economía industrial se encuentra estancada.
Esto da como resultado que 'la sociedad se revoluciona, pero el hombre no', como dice Marx en 'La cuestión judía'. La cultura rural arraiga de este modo en las grandes ciudades: en sus periferias, en sus 'conurbanos', y finalmente en los grandes asentamientos precarios urbanos mismos. Es el campo -la población rural- que se ha desplazado a la ciudad; pero a la vez, permanece inmune a la ciudad. En este contexto, la ciudad no civiliza, sino que por el contrario, se barbariza. El ‘obrero nuevo’ -producto de las migraciones internas del campo a la ciudad- no es un actor surgido de las relaciones económicas industriales propias del medio urbano, sino que es, simplemente, un campesino vestido de overol. Las nuevas masas obreras arrastan consigo la cultura tradicional, autoritaria y localista surgida del medio rural, la reproducen intergeneracionalmente en el nuevo locus urbano, y la adaptan contínuamente a las mutaciones del mismo.
Los grandes conglomerados periurbanos reproducen intergeneracionalmente, como queda dicho, su rústica cultura tradicional de raigambre local originaria -con su estilo de vida, sus usos, costumbres, forma de ocupación del espacio y hábitat, modismos comunicativos, etc.- en el nuevo contexto espacial. Por otro lado, este mismo contexto, con sus propias estructuras comunicativas ampliadas por los medios de comunicación de masas, no sólo incorporan a su acervo cultural las nuevas modalidades, favoreciendo la hibridación cultural rural-urbana, sino que contribuyen a la difusión de las novedades surgidas de dicha hibridación -ni rural, ni urbana; ni tradicional ni moderna- a escala de la sociedad global, incluyendo así a las poblaciones urbanas, y a los asentamientos rurales originarios (con lo que se favorece una 'para-modernización populista' de caracter cultural, que se incorpora a las prácticas interactivas e institucionales de las nuevas generaciones).
En un proceso inverso al que Jürgen Habermas denominaba 'colonización sistémica del mundo de la vida', aquí los 'sistemas' -esto es, las instituciones y prácticas moderno/urbanizadas, funcionalmente diferenciadas- son 'colonizadas' por un 'mundo de la vida' de origen rural, que rechaza las reglas formales y procedimentales que ordenan el funcionamiento interactivo e institucional de la vida urbana, como extraño y ajeno a su propia cultura y modo de vida; y que afirma valores particularistas, personalistas y basados en el parentesco y el patronazgo personal, tradicionales (anti-modernos), autoritarios, rústicos, anti-intelectualistas, anti-meritocráticos, y anti-institucionales o formal-legalistas ('impersonales').
Al decir que el populismo se caracteriza, además de por su anti-intelectualismo (como forma del anti-elitismo), por su ‘anti-institucionalismo’, no quiero decir que el populismo no sea capaz de crear instituciones -sus propias instituciones-; sino que el mismo es ‘refractario a las instituciones’ -no sólo a las ‘antiguas’ o ‘clásicas’ (ya a las previamente vigentes en términos históricos, o a las que de caracter ‘racional-legal’ en términos procedimentales, y propias de la sociedad urbana industrial moderna), sino incluso a las propias: es una modalidad, arraigada en los valores, las actitudes y las costumbres- de desobediencia como forma de la rebelión y la resistencia de la cultura rural a la urbana moderna, que le resulta extraña. El populismo resiste a los encuadramientos normativos, y se sujeta sólo a relaciones de poder -a la sumisión a un poder extraño, por debilidad, o a la imposición a este poder extraño de sus propias normas; pero a la vez a la desobediencia burlona de las mismas, ya sean propias o ajenas, en una actitud a la vez cínica y lúdica respecto de ellas, como una mera afirmación y expresión reveladora de la voluntad -y de la identidad- de los que mandan.
El populismo es el proceso de colonización de la ciudad por el campo, y la derrota de la civilización por la barbarie. Es, en suma, un tipo de socialización que pone de manifiesto el fracaso del proyecto de la Modernidad, y la posibilidad realizada de una desviación o distorsión del mismo, en el que se invierten los valores que le dieron origen.
Ahora bien, en una era de globalización acelerada, de migraciones intra e internacionales masivas de las regiones y países más atrasados y pobres a los más adelantados y ricos; y de incorporación a la economía y las comunicaciones mundiales de inmensas poblaciones hasta ahora localmente arraigadas, la modernización ya no puede pensarse más como un proceso etapístico de pasaje de la sociedad tradicional a la moderna, y de desplazamiento del centro de gravedad social del campo hacia la ciudad. Campo y ciudad, tradición y modernidad, civilización y barbarie coexisten y se hibridan mutuamente -la modernización es sistémica, y la tradicionalización populista es social-, por lo que los procesos populistas son y serán inevitables en la medida en que las poblaciones rurales migrantes, o los bolsones obreros desproletarizados (segmentos y capas de desocupados estructurales y crónicos; y clases medias precarizadas), no puedan ser incorporadas a la 'civilización moderna' industrial y urbana; sino que, al encontrarse estancadas y sólo incluidas bajo la forma de la exclusión, se conviertan en gigantescos ghettos marginales dotados de una subcultura propia que rechaza los principios de la modernidad. En las etapas anteriores de la modernización, la misma era interpretada como un pasaje y una transición que implicaba un progreso: por lo tanto, como una invitación al aprendizaje como vía de incorporación e inclusión social. En la etapa actual, por el contrario, las culturas locales tradicionalistas originarias son reivindicadas como poseedoras de un valor propio, y la aspiración de las 'masas populares' es la de ser incluidas 'tal y como son', sin someterse a ningún proceso de ‘civilización’, educación, aprendizaje, urbanización o modernización universalista de sus estilos de vida. Esto es una consecuencia práctica del abandono del ideal u horizonte de la historia como 'progreso' o 'evolución', el aplanamiento de los horizontes temporales y los proyectos sociales, y el 'relato' dominante acerca del 'fin de la historia'. El mismo se traduce en un sincronismo perpetuo, y en una coexistencia inescapable de lo viejo y lo nuevo, lo particular y lo universal, la civilización y la barbarie, en un mismo contexto indistinguible.
En la medida en que dichas tendencias quedan encapsuladas como manifestaciones culturales 'étnicas' o de las nuevas 'tribus urbanas', pero no alcanzan a colonizar el ámbito de las instituciones políticas modernas -esto es, al estado de derecho-, forman parte del pintoresquismo posmoderno de la modernidad globalizada. Pero en la medida en que el sistema político carece de instrumentos para impedir su colonización por este tipo de orientaciones culturales, que se apoderan del mismo en nombre de la 'democracia' y la 'inclusión', es que surge el fenómeno político conocido como 'populismo'.
E.F.
jueves, 22 de diciembre de 2016
Algunos Apuntes sobre Nacionalismo y Liberalismo
Apuntes sobre Nacionalismo y Liberalismo
Ante los recientes acontecimientos de la política local e internacional que imprimen un marcado sesgo a las dos primeras décadas del siglo XXI -y muy agudizados en este año que concluye-, me propongo en estas notas explicar la diferencia entre liberalismo y nacionalismo; esto es, qué debemos entender por nacionalismo (en tanto que antiliberalismo), y señalar que la oposición entre ambos constituye la verdadera contraposición ideológica que ordena los conflictos de la sociedad moderna global.
Aclaro en primer lugar que por 'liberalismo' me refiero al liberalismo político -esto es, a la doctrina e instituciones del estado de derecho-, y no al liberalismo económico, al que preferiría denominar 'librecambisno' (a los fines de distinguirlo del anterior), y que consiste en la libertad, no de los hombres, sino de las mercancías para interactuar entre ellas de acuerdo con sus propias reglas (concepción económica a la cual aquí no haré referencia, y que requeriría de otras consideraciones, destinadas a otros textos que probablemente lleguen más adelante).
Todos estos análisis del pensamiento político requieren una remisión explicativa de carácter histórico, sobre el origen de esta distinción, como surgida a comienzos del siglo XIX, a partir de las guerras de invasión napoleónica a Alemania, Rusia y España, y las secuelas de estos procesos geopolíticos en Latinoamérica (pues los procesos independentistas latinoamericanos son no sólo contemporáneos, sino consecuencias directas de la revolución francesa y las guerras contra Napoleón y su imperio).
La oposición ‘izquierda/derecha’ -a la que habitualmente se considera como la contraposición ideológica fundante de la política moderna- parte de los intereses surgidos en el contexto de una sociedad industrial, ordenada en base a la distinción entre clases, que se funda en la capacidad de apropiación de los recursos materiales mercantilizados. Es la oposición surgida al interior de una sociedad industrial moderna, que es entendida bajo la forma organizativa de una fábrica o empresa, con conflictos internos a la gestión de la misma entre los grupos que la componen.
La contraposición nacionalismo/liberalismo, o patria/imperio, se origina por el contrario en la relación conflictiva entre sociedades modernizadas-expansivas, y sociedades no modernizadas, tradicionales, y sometidas a colonización como consecuencia de la expansión del moderno capitalismo. La reivindicación de la nación es la reivindicación de la propia identidad local, como algo propio, natural, y dado de forma subyacente o constitutiva (sustancial) a las comunidades, o 'pueblos'. Se trata de la contraposición entre 'lo mismo' y 'lo otro', o 'lo propio' frente a 'lo extraño' -a la vez que entre lo tradicional y lo moderno-.
Por lo cual el nacionalismo no se basa en la defensa de principios o valores, es decir, ideas o ideales. El nacionalismo no es racional(ista) ni se basa en argumentos, ideales o pensamientos. Se basa en sentimientos -el sentimiento, la certeza primaria de la propia identidad, como atacada, agredida, o agraviada u ofendida por una fuerza extraña-. El nacionalismo es, efectivamente, ‘amor a la patria’, pero como rechazo a todo aquello que tiene un origen ajeno a la propia patria. El nacionalismo es refractario al intelectualismo, el racionalismo y la argumentación. Se basa en sentimientos primarios de adhesión e identificación grupal. Es la manera 'moderna' (debida al 'cambio de escala') de reformular el localismo particularista pre-moderno, de las aldeas y comunidades tradicionales. Una consecuencia de esto es que el nacionalismo no se presenta como ideología ni puede ser encasillado en una grilla de ideologías -en un sentido ‘programátco’ y argumental (como sí ocurre con la oposición izq/der).
Otra consecuencia característica es que el nacionalismo no se basa en, sino que más bien rechaza, los argumentos o principios 'universalistas' o generalizables, y más aún cuando estos se presentan bajo la forma de argumentos abstractos, principios o reglas impersonales. La reivindicación de la propia identidad grupal se basa en el presupuesto de que todos los lazos humanos válidos son lazos de tipo directamente interpersonal (quiero decir, informales y no institucionalizados), basados en criterios particulares y concretos, antes fácticos que discursivos; y afectivos más que racionales -fundamentalmente: relaciones entre semejantes, o entre diferentes; y especialmente, relaciones entre portadores de similares o diferentes dotaciones de poder (esto es, vínculos simétricos o asimétricos). El nacionalismo se opone al liberalismo porque éste -que en términos políticos, institucionales y jurídicos, es el fundamento ideológico de las instituciones del ‘estado de derecho’- se basa en argumentos universalistas, y de tipo procedimental; y establece reglas y principios generales, de aplicación universal (esto es, igualitaria), que no reconocen diferencias identitarias, locales, personales, o grupales. En esto se basa la oposición y rechazo fundamental del nacionalismo al liberalismo (así como al clasismo, que también se basa en principios universalistas).
El liberalismo parte de la premisa de que los sujetos políticos son los individuos, en tanto que miembros de distintos grupos, que pueden asociarse en defensa de intereses comunes. Como estos intereses son y serán distintos, una premisa del liberalismo es el pluralismo, la ineliminable diversidad humana expresada en sus modos de pensar, vivir, y proyectar la sociedad y la convivencia común. El liberalismo, por tanto, no sólo tolera la división y contraposición ideológica, sino que la asume, afirma y estimula como mecanismo de autorregulación social. El resultado organizativo de esto es que el liberalismo da lugar al surgimiento de diversos partidos, con ideologías diversas, opuestas y hasta antagónicas. El ordenamiento político liberal es así un 'pluriverso', o un orden pluralista. A partir de ello, es poco probable que -excepto en situaciones críticas que amenacen a la comunidad global o el ordenamiento institucional que permite dicho pluralismo- esos partidos puedan actuar conjuntamente. No existe 'un' partido liberal homogéneo: el liberalismo se expresa institucionalmente en la institucionalización de la fragmentación asociacional y partidaria, en un 'sistema de partidos' competitivos que aspiran al ejercicio del poder público, no coordinados entre sí, que respetan ciertos principios y reglas comunes de convivencia democrática.
El nacionalismo, que cree en la representación política de una identidad sustancial homogénea, se presenta políticamente por lo general bajo la forma del ' partido de todo el pueblo', y si bien tiene o puede tener muchas fracciones y líneas internas, ante la posibilidad de la conquista del poder y el desplazamiento del ordenamiento institucional liberal, o frente a la situación del despojo del poder, se presenta siempre unificado, como un 'frente' o un 'movimiento nacional' que contiene a todas sus expresiones; de tal modo que éstas no compiten entre sí formalmente, sino que se subordinan a un liderazgo personal carismático. Todo lo cual converge con su interpretación de la sociedad, la política y el estado, no como un conjunto de relaciones sociales ordenadas ('instituciones'), sino como un conjunto de relaciones entre grupos particulares asimétricos; y relaciones interpersonales, ya sean de parentesco, mutuas contraprestaciones o intercambio de bienes y favores, y de lealtad mutua, y hacia la comunidad nacional, y el líder personal que la representa. El nacionalismo no se presenta como un 'sistema' compuesto de partes, como un régimen plural fragmentado, sino como una alternativa global al orden liberal; esto es, como un frente o movimiento políticamente unificado. Tanto la competencia como la deliberación y la crítica, que son positivas para el liberalismo, son rechazados por el nacionalismo como factores de debilitamiento, fragmentación, y disolución de la unidad subyacente -sobre todo, en los contextos institucionales en los cuales se impone el orden institucional liberal ('estado de derecho'); y el nacionalismo se presenta como el proyecto históricamente derrotado en las guerras civiles que decidieron el ordenamiento político e institucional de una nación.
Con la convocatoria de 1789 a los Estados Generales franceses, y la ubicación de los 'tres estados' en la sala de deliberaciones del palacio de Versalles, surgió la distinción entre izquierda y derecha, que representaba la oposición entre los actores defensores del Antiguo Régimen y del nuevo orden liberal burgués, basado en los principios del estado de derecho y el gobierno limitado y representativo. En el transcurso del siglo xix, y en particular a partir de 1848, la distinción i/d pasó de referirse a dos etapas distintas de la evolución y organización social, a referirse a los intereses antagónicos dentro de la misma sociedad moderna, en tanto que sociedad industrial capitalista, entre propietarios y no propietarios de los medios de producción de la riqueza social.
Pero con las invasiones napoleónicas a Alemania, Rusia y España, los valores y principios de la revolución francesa y la ilustración (incluyendo el gobierno limitado y la división de poderes) fueron percibidos por estos estados como la propaganda de un estado invasor, que amenazaba y atentaba contra las tradiciones y los ordenamientos tradicionales de dichas sociedades. Surge entonces la reivindicación de las particularidades como definitorias de una identidad, y el nacionalismo nace como reacción de rechazo a los valores, principios e instituciones del estado democrático constitucional moderno.
No se trata entonces de 'individual' vs. 'colectivo', 'privado' vs. 'social'; sino de 'nosotros' vs. 'ellos', lo propio vs. lo extraño y ajeno, lo mismo vs. lo otro. El universalismo como amenaza a la propia identidad, y los particularismos como afirmativos de la propia identidad.
Por ello la legitimidad del gobierno, en un caso se basa en la representación de intereses, valores y opiniones; pero en el otro se basa en la reivindicación de una identidad sustancial primaria y subyacente, amenazada y en peligro por los extraños, extranjeros, o potencias imperiales y sus lacayos locales (y por los ordenamientos impersonales que pretenden imponer). Esta legitimidad no se ciñe a procedimientos institucionales, ni cree en una representatividad procedimental y legal. La verdadera legitimidad es ajena al dictado de las leyes, incluso de mayorías electorales, ya que proviene de la representación de la verdadera identidad -la mayoría sustancial, o ‘pueblo’-, como 'lo que debe ser' o debería ser, a pesar incluso de haber sido derrotados, ya sea militar o electoralmente. Todos los gobiernos que no se basen en la apelación a la encarnación de la auténtica voluntad e identidad nacional o popular son por ello, independientemente de las instituciones formales, ilegítimos por definición, y autorizan una 'resistencia' en nombre del 'proyecto nacional', que apunta a plenificar la identidad sustancial, y eliminar los obstáculos procedimentales e institucionales (esto es, liberales y 'formales') para ello.
Correlativa a esta diferencia opera otra, relativa a la constitución y naturaleza misma del vínculo político. Para el liberalismo las instituciones políticas son ‘representativas’ en el sentido de ser derivadas de la voluntad y los fines de los integrantes de la sociedad civil, que tiene un carácter primigenio. El vínculo representativo tiene, bajo esta concepción, una dirección ascendente: el gobierno es autorizado por la sociedad, que le es previa, y le impone objetivos y límites. La fuente y origen del poder radica en las asociaciones de la sociedad civil, y en última instancia, en los individuos reunidos que la componen. Dicho poder es delegado en funcionarios con facultades limitadas, para su ejercicio y administración.
En la concepción nacionalista, por el contrario -y aquí se aprecia la influencia de las concepciones religiosas en el pensamiento político- el poder político es supremo, es una posesión de los gobernantes o ‘poderosos’ (ya que se parte de una concepción estratificada de la sociedad, dividida naturalmente entre ‘fuertes’ y ‘débiles’), que tienen como fin ordenar la sociedad, a la cual se comprende como un agregado desarticulado de grupos carentes de poder.
La sociedad consiste, así, en una lucha entre fuertes y débiles, y el Estado es el instrumento para el ejercicio de la dominación de unos sobre los otros. De aquí que la democracia se conciba como la forma de gobierno en la que los débiles -el ‘pueblo’- acceden al poder, y por medio del Estado ejercen su poder sobre los fuertes, que quedan sometidos al mandato popular. La democracia es concebida, así, como una forma de dominación. Esta concepción se refuerza con el argumento de la oposición entre propios y extraños, locales y ajenos; de tal modo que, bajo las formas de la así llamada ‘democracia’, los débiles propios, locales y nativos, imponen su voluntad a los extraños poderosos, conquistadores y colonizadores apátridas.
Creo haber mencionado y desarrollado aquí los argumentos centrales sobre la cuestión. Otros detalles, desarrollos y aclaraciones han de seguir en intervenciones posteriores, en las que me propongo abordar también el problema teórico, político y sociológico que gira en torno al término 'populismo'.
Ernesto Funes
21/12/2016
viernes, 3 de abril de 2015
domingo, 4 de agosto de 2013
Germani y el Peronismo
En su texto de 1956: "La integración de las masas en la vida
política y el totalitarismo", el sociólogo ítalo-argentino Gino Germani caracterizaba al peronismo como
un 'fascismo de izquierda', apoyándose para ello en las bases populares a las
que moviliza y politiza dicho movimiento, y en las modalidades antipluralistas
del régimen, al que denomina 'la dictadura'. Lo distingue así del 'fascismo
clásico' de origen europeo, que moviliza y politiza a las clases medias en
contra de la organización, y posibilidad de toma del poder, por parte de la
clase obrera. Este artículo de 1956 es posteriormente incorporado como capítulo
IX de su obra clásica 'Política y sociedad en una época de transición', de
1962.
En su último libro, 'Autoritarismo, fascismo y populismo nacional' de
1978 -escrito en inglés- Germani recupera la noción de 'alternativas
funcionales del fascismo' que había introducido en el capítulo V de su obra de
1962, para referirse a las dictaduras militares, y otros 'regímenes
burocrático-autoritarios' latinoamericanos, en virtud de que los mismos tienden
a objetivos sociales similares a los del fascismo europeo: la desmovilización
de la clase obrera. En el mismo libro, recupera del texto de 1962 la expresión
'populismo nacional', para referirse a una alternativa a la democracia
representativa moderna, en la fase de modernización que caracteriza como de
'movilización total' de las masas, y la plena inclusión de las mismas
-incluyendo a las clases populares- en la ciudadanía y política de masas. Esta
modalidad alternativa de movilización política de masas es caracterizada como
policlasista, nacionalista, plebiscitaria y anti-pluralista.
Pero el mismo Germani, en ambos libros, y en un artículo póstumo de
1979, 'Democracia y autoritarismo en la sociedad moderna', caracteriza al
fascismo como un tipo de 'autoritarismo moderno' -esto es, como una forma de
'totalitarismo'- que se distingue del 'autoritarismo tradicional' -cuyo nombre
es, simplemente, 'autoritarismo'- por movilizar y politizar a las masas, bajo
la forma de un partido único, y de la propaganda política antipluralista. El
'autoritarismo' es, así, caracterizado como propio de sociedades
'tradicionales', y el 'totalitarismo' como propio de sociedades 'modernas'. La
diferencia entre ambos es que el 'autoritarismo' es un régimen desmovilizador y
despolitizador de las masas, y el 'totalitarismo', por el contrario, es un
régimen antipluralista, pero movilizador y politizador de las masas, en torno a
la ideología de un partido único.
El fascismo es, así, un totalitarismo 'de derecha' por sus bases y
orientaciones de clase, del mismo modo que el estalinismo es un totalitarismo
'de izquierda', en base a los mismos criterios. Ambos se oponen a la democracia
pluralista de partidos, y por ello son regímenes 'autoritarios'.
Ahora bien: toda esta caracterización, a mi juicio, contiene una
contradicción en los argumentos. Por un lado, como una inconsistencia primera,
el origen de clase no es un factor suficiente para caracterizar a un régimen
como 'de derecha' o 'de izquierda', excepto a partir de un determinismo
mecanicista que permite sustituir inmediatamente la clase por la ideología
o 'conciencia imputada' a esa clase.
'Izquierda' y 'derecha' son posicionamientos ideológicos; y los mismos se
relacionan más con los proyectos políticos en relación con el orden social
-mantenimiento del mismo, o modificación regresiva, en un caso; o modificación
progresiva y antijerárquica, en el otro- de los grupos, que con su adscripción
económica de clase. Pues si bien podría aceptarse que los intereses de los
grupos privilegiados apuntan a conservar o preservar su posición; el mencionado
determinismo mecanicista implica también que la clase obrera sólo puede asumir
posiciones clasistas; siendo que históricamente es observable que la misma
también puede asumir posicionamientos ideológicos comunitarios e integradores,
dentro del orden vigente; eligiendo, por tanto, más la 'integración', que la
'revolución'.
Pero, fundamentalmente: si el fascismo es una forma de autoritarismo
que moviliza y politiza a las masas (por ende, de 'totalitarismo'), las
dictaduras militares no pueden caracterizarse como 'alternativas funcionales
del fascismo', sino, en todo caso, del autoritarismo tradicional, premoderno,
ya que en ambos casos lo que se busca lograr es la desmovilización política de
la población (la anulación de la ciudadanía política), a fin de evitar las
reformas sociales. Las dictaduras militares burocrático-tecnocráticas de
mediados del siglo XX en América Latina son regímenes autoritarios, no
totalitarios, y por ello, no pueden equipararse con el fascismo. En cambio, se
podría hablar de una 'alternativa funcional del fascismo' si se
encontrase algún tipo de régimen que pusiese un freno a la politización
'clasista' de la clase obrera, por medio de algún procedimiento de movilización
política de las masas. En el caso europeo, ello ocurrió por medio de la
movilización masiva de las clases medias, e incluso de grandes sectores de las
clases bajas, por medio de la ideología nacionalista. El fascismo es, así, una
forma de nacionalismo de masas, antipluralista y plebiscitario; y, como tal,
'populista' (anti-institucionalista; en el sentido de opuesto a las formas de
la democracia representativa pluripartidista y parlamentaria).
En el caso del peronismo argentino, puede decirse que el mismo cumple
la 'función', no de despolitizar a la clase obrera, sino de impedir su
politización clasista, por medio de una politización nacionalista,
que amplía significativamente los derechos sociales y la inclusión de sus bases
en el contexto del orden existente; pero al mismo tiempo aparta a los
trabajadores, tanto del marxismo, como de las instituciones y valores de la
democracia liberal; y en general de toda ideología 'universalista' y
pluralista. En este caso, se combate el clasismo obrero por medio de una
ideología nacionalista y de inclusión social, pero autoritaria, hegemónica y
anti-pluralista. El fascismo busca forzar la conciliación y armonía entre las
clases y grupos de interés, entendidos como partes de una comunidad sustancial
amenazada por los conflictos de clase.
Debe tenerse en cuenta que la finalidad del fascismo -por ser un
'totalitarismo'- no puede ser la desmovilización ni la despolitización de las masas, sino el combate al clasismo -que
es una forma de 'universalismo'-, por medio del nacionalismo. Hay dos formas de
totalitarismo: una clasista -el marxismo en la forma del 'socialismo de
Estado'-, y otra nacionalista -el fascismo-. En ninguno de ambos casos se trata
de desmovilizar políticamente a la población, sino por el contrario, de
politizarla bajo la égida del partido único, que impida el surgimiento del
pluralismo político y el conflicto social. En un caso se busca imponer un
igualitarismo de Estado; en el otro, que el Estado imponga la conciliación de
los diversos intereses, para regular e impedir el conflicto social.
[Lo que el fascismo se propone, pues, no es desmovilizar a las masas
populares -esto es propio del autoritarismo 'tradicional' y las dictaduras
militares 'clásicas'-, sino politizar a grandes masas de la población,
encuadrándolas en las estructuras organizativas y asociativas de un partido
único, anti-clasista ('poli-clasista'), y anti-pluralista, cuyo núcleo
ideológico gira en torno a la unidad identitaria de la nación como homogeneidad
sustancial, contra los enemigos externos e internos que intentan
desestabilizarla.]
Puede decirse, por tanto, que en términos formales, ideológicos, e
institucionales, el peronismo se ajusta más adecuadamente a la caracterización
de 'alternativa funcional del fascismo' que las dictaduras militares; aunque,
para utilizar la terminología del propio Germani, el mismo equivaldría a un
'fascismo de izquierda', por cuanto sus bases son fundamentalmente obreras,
pero sobre todo en tanto que sus objetivos se orientan a la ampliación de
derechos y la inclusión de la clase obrera a la 'comunidad nacional', en el
contexto de un régimen policlasista y capitalista de Estado, antiliberal,
hegemonista y antipluralista, de orientación corporativista.
En este sentido, no debe olvidarse que los regímenes fascistas
europeos 'clásicos' (el fascismo italiano y en particular el
nacional-socialismo alemán) también se caracterizaron por institucionalizar una
forma de régimen que amplió considerablemente los derechos sociales de la
población de ese entonces y en el contexto històrico respectivo (en desmedro de
sus derechos civiles y políticos); y que en el caso alemán, generó el pleno
empleo, la protección o 'seguridad' social generalizada de los obreros por
parte del estado, el turismo social de masas, las pensiones estatales por
retiro o jubilaciones, etc. etc.; y que el fundador del partido peronista
argentino conoció directamente esa realidad, en su viaje de 1937-38 a ambos
países, donde dichas instituciones, y los sindicatos corporativistas de obreros
y patrones -como parte de una 'comunidad organizada'- lo impresionaron tanto
como las manifestaciones o movilizaciones políticas de masas, y el culto a la
figura de un líder plebiscitario que concentraba en su figura todo el poder, en
regímenes que se proponían como alternativos al estado de derecho liberal.
-o0o-
En todo este razonamiento, se asumen algunas premisas que requieren
ser explicitadas. Entre ellas, la diferencia entre 'clasismo' y 'nacionalismo'.
El clasismo es una ideología que se inscribe en la lógica de
conflictos propia de una estructura social moderno-industrial, donde hay dos
grandes clases fundamentales, bajo un régimen de explotación de una de ellas
por la otra, basado en la propiedad privada de los medios de producción, que
legitima la apropiación privada de la riqueza social. El clasismo denuncia la
escisión y fractura social como una anomalía, o contradicción (entre el
caracter social o colectivo del proceso productivo y el consumo fabril, y el
caracter privado de la apropiación del producto de dicho proceso productivo),
que exige ser resuelta para que no exista separación o escisión entre el sujeto
trabajador-colectivo, y el sujeto propietario de los medios de producción, de modo
que la producción sea efectivamente un modo de realización y satisfacción
colectiva de las necesidades vitales de toda la sociedad. Se trata de la
variante 'colectivista' de las ideologías 'universalistas' propias de la
Modernidad, que -como el liberalismo, que es la versión 'individualista' de las
mismas ideologías- parten de la premisa ontológica y axiológica de la igualdad
de derechos para todos los hombres ('todos los hombres son iguales', ya como
afirmación de hecho, o como ideal a realizar). El igualitarismo clasista
requiere de la eliminación del régimen de clases, y por su intermedio la
eliminación de la desigualdad social en todos sus planos, considerada como
anomalía propia de una sociedad alienada.
El nacionalismo, por el contrario, si bien también es una ideología
'colectivista', no adscribe a principios universalistas, sino particularistas.
El sujeto portador de derechos y valores a defender no es 'el hombre', el
'individuo' o el 'ciudadano', sino 'el pueblo' o 'la nación', esto es, sujetos
colectivos homogéneos, que se caracterizan por definirse en torno a una
identidad sustancial de carácter
diferencial o particular -distintos estilos de
vida, tradiciones y costumbres, valores, culturas, etc.- que no admiten
sujetarse a ninguna generalización universalizante. Dado que su sujeto de
referencia es 'la nación', no puede aceptar ningún tipo de horizonte
universalizador del orden de 'la humanidad': la 'humanidad' se halla repartida
en 'pueblos' o unidades étnicas, comunales o culturales irreductibles e
inasimilables, que no tienen nada en común, y sobre las cuales no se puede
generalizar. La 'igualdad de los pueblos' es la reivindicación del derecho de
cada uno de ellos a tener su propia existencia e independencia respecto de los
demás, como unidades indivisas separadas; frente a los que toda norma general
resulta aplicable sólo bajo la forma de la imposición forzada. Por un lado,
esta ideología se caracteriza por el rechazo o la negación de cualquier tipo de
principio institucional universalizable -ya sea a nivel político o económico-,
y por ende por la reivindicación del -o los- particularismo/s nacional/es. Por
el otro, 'hacia adentro' de cada 'nación', el 'pueblo' es entendido como
conformado por distintas 'partes' que componen un todo 'orgánico e integrado',
portador de una identidad común; y por ende en última instancia constituido por
una unidad sustancial homogénea -sin discrepancias o diferencias auténticas; no
como una pluralidad, sino como una unidad (cuyas jerarquías son constitutivas, pero
que requieren la inclusión de todas las partes en el todo común)-. En tercer
lugar, dado que sólo hay pueblos, y no una humanidad o una juridicidad o
normativa de caracter general, los pueblos se relacionan entre sí a partir de
sus semejanzas y diferencias, y en particular a partir de sus asimetrías de
poder: pueblos fuertes y débiles, dominadores ('imperios') o dominados
('colonias'). En el rechazo a ambas alternativas es que emerge el concepto de
'patria' como sujeto colectivo que reivindica su autonomía, y combate y resiste
a la dominación extranjera, y que por ende concibe a la política como guerra
contra un enemigo externo, y sus secuaces locales.
Para esquematizar esta oposición, quisiera sostener este argumento:
para el clasismo, la sociedad actual, antagónica, es un 'dos', y esto es
percibido como una anomalía: lo que deberá haber, como proyecto futuro, es un
'uno' homogéneo, que elimine el conflicto social y político. Para el
nacionalismo, en cambio, lo que efectivamente hay, a nivel sustancial e
identitario, es un 'uno' de naturaleza identitaria, sustancial y cultural
-anclado en la historia, las tradiciones y el pasado-, y la política consiste
en evitar por todos los medios que emerja un 'dos': toda pluralidad es el
camuflaje de una división de la comunidad -o de la unidad del pueblo-, y es la
reproducción a nivel interno de la diferencia y el antagonismo entre el
pueblo-uno y sus enemigos.
En un caso, se debe eliminar el dos, para que por fin la sociedad sea
un uno (crítica del antagonismo clasista-economicista). En el otro caso, se
debe preservar al uno (identitaria y culturalmente fundado) de la emergencia de
todo dos (de origen exógeno, exterior, y producto de la dominación extranjera).
En ambos casos se reivindica la figura política del Uno homogéneo, ya sea como
ideal a lograr por medio de la lucha de clases y la futura cancelación del
conflicto económico; ya como realidad sustancial latente o subyacente a todo
tipo de división empírica, percibida como disidencia y amenaza al orden sustancial
de la comunidad, expresado en su cultura particular.
En ninguno de los dos casos se percibe la positividad y productividad
política del dos, de la pluralidad y el antagonismo, como dimensión
constitutiva de la vida política. El dos es el 'medio' para hacer política, en
la medida en que esta actividad es concebida como orientada a la anulación de
ese mismo dos, y a la afirmación, realización, actualización o imposición final
de un Uno, esto es, de una sociedad reconciliada consigo misma, homogénea, plena,
carente de conflictos; y, por ende, sin política. La 'comunidad' es el ideal de
ambas ideologías, como orden sustancial reconciliado, carente de disensiones y
de pluralidad. Así, para ambas ideologías, a pesar de sus grandes diferencias
en términos de la oposición 'universalismo-particularismo', la política
-entendida como guerra- tiene como fin último su propia anulación: la
cancelación de la política en el orden pleno de la comunidad reconciliada.
E.F.
sábado, 25 de junio de 2011
Nueva Ponencia
Hola,
Publico aquí una ponencia presentada para las Jornadas de Sociología a realizarse en agosto de este año en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.
Su título es: 'La interpretación contramoderna de la Modernidad'. Está en formato pdf.
El link para acceder a la misma es:
https://docs.google.com/viewer?a=v&pid=explorer&chrome=true&srcid=0B4nUhNlDT3BPNjNhYWQwMzItN2Q2Zi00MjU4LTk1NjktNjYzYWVjNTU4Y2Vk&hl=es&authkey=CPfJg6wC
Saludos,
Ernesto
Publico aquí una ponencia presentada para las Jornadas de Sociología a realizarse en agosto de este año en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.
Su título es: 'La interpretación contramoderna de la Modernidad'. Está en formato pdf.
El link para acceder a la misma es:
https://docs.google.com/viewer?a=v&pid=explorer&chrome=true&srcid=0B4nUhNlDT3BPNjNhYWQwMzItN2Q2Zi00MjU4LTk1NjktNjYzYWVjNTU4Y2Vk&hl=es&authkey=CPfJg6wC
Saludos,
Ernesto
Etiquetas:
Contramodernidad,
nacionalistmo,
populismo
domingo, 2 de enero de 2011
Aprovecho la ocasión para publicar un nuevo soneto, esta vez dedicado a Max Weber:
Cuasi-Soneto a Weber
¿Comprendió acaso el asceta puritano
al ordenar su vida éticamente,
que la metódica labor de sus frías manos
acabaría por racionalizar al Occidente?
Pues los valores e imágenes del mundo
son los que orientan la acción, cual guardaagujas,
y le insuflan su sentido más profundo
a los motivos e intereses que la empujan.
Quiera la vocación, quizá el carisma,
o el arte, o el amor, librarnos de este encierro
que al desencantamiento nos abisma,
Y que al mundo moderno, como ya a la antigua Asia
aguarda, cual duro arnés de hierro,
tras los barrotes de una helada burocracia.
[E. Funes]
Cuasi-Soneto a Weber
¿Comprendió acaso el asceta puritano
al ordenar su vida éticamente,
que la metódica labor de sus frías manos
acabaría por racionalizar al Occidente?
Pues los valores e imágenes del mundo
son los que orientan la acción, cual guardaagujas,
y le insuflan su sentido más profundo
a los motivos e intereses que la empujan.
Quiera la vocación, quizá el carisma,
o el arte, o el amor, librarnos de este encierro
que al desencantamiento nos abisma,
Y que al mundo moderno, como ya a la antigua Asia
aguarda, cual duro arnés de hierro,
tras los barrotes de una helada burocracia.
[E. Funes]
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