jueves, 9 de abril de 2020

Teatro antidisturbios: La medicalización general de la sociedad, como  nueva forma de dictadura y estado de excepción

"Si esta cárcel sigue así, todo preso es político."
(Patricio Rey - Amado Boudou)

La pandemia mundial genera nuevas incertidumbres globales. La preocupación sanitaria, y tras de ella la económica, tienden a configurar la agenda de la coyuntura. Casi nadie parece preocuparse de una tercera dimensión del análisis: la experimentación y puesta en práctica de un nuevo régimen de dominación política planetaria.

En el 2001 nos dijeron: el mundo ya no volverá a ser el mismo. En el 2008 se nos repitió: el mundo ya no volverá a ser el mismo. A partir de este año 2020 ya sabemos que, para los sobrevivientes, el mundo que emerja de la pandemia ya no volverá a ser el mismo.

Bajo las formas cada vez más precarizadas del régimen jurídico del poder como soberanía, nos decía Michel Foucault en su clase del 14 de enero de 1976, se despliegan las formas, sin programa ni ideología, de las tecnologías y los dispositivos del saber disciplinario, como nuevo régimen de dominación de los cuerpos. Estos saberes y dispositivos brotan a su vez de la generalización de las prácticas de encierro.

Recuerdo la última vez que en nuestro país tuvimos que explicar por qué estábamos en la calle, dónde vivíamos y trabajamos, de dónde veníamos y adónde íbamos, no podía haber más de tres personas juntas en espacios públicos, y los patrulleros vigilaban los movimientos de las ciudades vacías. Fue durante la dictadura del general Videla. Hoy vivimos bajo un estado de sitio no oficialmente declarado, pero efectivamente implementado en la práctica. Y ejercido por medio de una concentración de poder nunca antes vista en nuestra historia, que tiende por medio de procedimientos inocuos e invisibles a suspender de facto las instituciones del Estado de Derecho.

Hoy el encierro general de la población, las calles vacías, las casas y departamentos, así como los comercios e industrias cerradas, la paralización general del sistema educativo (excepto bajo la novísima invención al servicio de la precarización laboral: el ‘teletrabajo’), son aclamadas y obedecidas por un consenso casi unánime, que no puede expresarse ni manifestarse, salvo por las encuestas y el respaldo de los grandes medios de comunicación.

La ministra de seguridad dice que 'hay que terminar con el individualismo'. La mejor forma de hacerlo es que todos permanezcan encerrados, nadie salga de sus casas ni se aproxime a ninguna otra persona. Que salgan a comprar sus insumos de supervivencia básica y retornen al encierro en el hogar. El ultragarantismo ha dado origen a una nueva forma -sanitaria- de disciplinamiento y vigilancia total.

Se nos dice que ‘luchamos contra un enemigo invisible’. El enemigo invisible puede estar en cualquier parte, puede ser cualquiera. Todos somos enemigos potenciales. Así, asistimos a la restauración sanitaria del Leviathan. Pero, como nos hallamos en estado de guerra contra un enemigo ubicuo, todos debemos temer de todos, separarnos unos de otros, y sólo confiar en la protección del Estado sanitario como Estado protector.

El propio presidente ha declarado que 'el Estado estará más presente que nunca'. De eso se trata precisamente. De disolver todos los lazos sociales básicos, y de esperar que el Estado nos proporcione -a todos- un subsidio para vivir.

El presidente que ganó las elecciones sin presentar ningún programa político ni económico, asumió su cargo y permaneció durante tres meses sin gobernar ni tomar decisiones, sin hacer nada ni explicar qué se proponía hacer -excepto obtener del Congreso nacional la delegación de las facultades y poderes que implicaban su autodisolución-, ha pasado de la inoperancia absoluta al ejercicio de un poder total, basado en una orden de encierro general de toda la población.

Hasta mediados de marzo no podíamos discutir ni disentir, simplemente porque, como el gobierno no gobernaba, no había nada sobre lo cual discutir. Por lo tanto, las discusiones giraban en torno a si era conveniente o no incurrir en una nueva cesación de pagos de la deuda, si se debe o no reducir el déficit fiscal, si debía o no aprobarse una legalización del aborto, si era pertinente o no una nueva rebelión agraria, si el presidente gobernaba o se dejaba gobernar, si había engañado a sus votantes, si existen o no presos políticos, si el nuevo gobierno era efectivamente nuevo o una variante de la anterior experiencia en el poder, etc. Todas discusiones vacías, abúlicas, viejas, teóricas, simplemente para matar el tiempo, porque no había nada acerca de qué discutir.

Desde el 20 de marzo no se puede discutir, porque se puso en marcha el ‘gobierno de los científicos’, al mejor estilo de Auguste Comte. Esto es, el  gobierno de los técnicos y especialistas, con quienes no se puede discutir, porque ellos están parados en la baldosa de la razón, y son ellos los comandantes del barco en el mar de la urgencia, a quienes debemos obedecer para capear la tormenta y evitar el naufragio.

La lógica consecuencia -la paralización y el completo desmantelamiento del sistema económico argentino- cuenta con una excusa inapelable e indiscutible, y una ocasión más que oportuna para cumplir de una vez con el programa original del justicialismo, que consiste en 'combatir el capital'. Los científicos comprometidos con la vida han abandonado a la deriva el tejido social. Es una tradición de las ciencias sociales en Argentina que sus leyes se aprenden para aprobar los exámenes, pero ningún ‘científico’ políticamente comprometido cree que las mismas tengan validez o se apliquen en la práctica: las leyes de la economía, de la sociología, de la ciencia y la filosofía política ‘se acatan pero no se cumplen’, se repiten de memoria, pero no son aplicables al caso argentino. Los únicos científicos confiables para el actual gobierno de los científicos son aquellos que desconocen y reniegan de todo lo que han aprendido en la universidad. Sólo la discrecionalidad y el voluntarismo, nunca la ley, ni las de los códigos, ni las de la ciencia, se respetan en Argentina.

Las más brillantes mentes de la ciencia natural y social de nuestro medio, los más destacados investigadores y becarios del Conicet, refulgen como  profesionales destacados en su especialidad, pero al mismo tiempo son incapaces de admitir el razonamiento aritmético elemental de que si se produce o recauda por ochenta no se puede gastar por cien. Reniegan de la Ley de Say, y jamás aceptarán que la razón más elemental exige producir por cien para poder gastar cien, o reducir los gastos a ochenta, ya que sólo se recauda ochenta. Que no se puede consumir más de lo que se puede producir. Todo esto es llamado por ellos ‘neoliberalismo’, e ideología. En nuestros gobernantes-científicos sociales impera el pensamiento mágico (quizás ello explique la relevancia de los antropólogos en su equipo), que todo lo soluciona imprimiendo papel con los rostros de los próceres del siglo XXI.

Se ha pasado, como se sabe, del gobierno de los gerentes (CEO’s) y banqueros, al gobierno de los científicos. De Saint-Simon a Comte. Lo que ambos tienen en común es que, a partir de ahora ya nadie podrá discutir con ellos ni puede haber disenso crítico, porque la crítica pública ya no es oposición, sino ignorancia, locura o estupidez. ‘Tenemos razon, y tendremos que convencer a uno por uno de que están equivocados’, ha dicho el Presidente; esto es: sólo nosotros poseemos la verdad, y los demás no saben nada. En el gobierno de los científicos, para discutir hay que saber. A propósito: ya que el gobierno de los cientificos está poblado de sociólogos, apelo a su memoria para que eventualmente recuerden aquella clase en la que les explicaron la distinción weberiana entre el científico y el político.

Se trata -como en todo el mundo- de implementar lo que Michel Foucault llamó la 'medicalización general de la sociedad', una dictadura que clasifica a las personas según su temperatura corporal, y nos pide documentos, permisos y certificados de circulación callejera en nombre de la biopolítica y del biopoder. Es la realización completa y total del proyecto de una administración disciplinaria de la sociedad, o de la instauración, ya vaticinada por el filósofo francés. de una sociedad disciplinaria. Todo ello ejercido por un 'poder pastoral' que nos cuida a un tiempo a todos y a cada uno, a toda la sociedad y a cada individuo, omnes et singulatim. Un 'poder paternal', que implementa el silencio y la quietud total de toda la población en nombre de un bien mayor, que es el más básico de todos -la preservación de nuestros cuerpos-. Un poder que nos cuida y protege, el poder político devenido en poder medicinal y sanitario. La ausencia de todo disenso en nombre de la sanidad, de la seguridad más primaria.

En nombre de la sanidad de los cuerpos, se decreta la disolución de la economía y la  sociedad: de la vida social, cultural, económica y política. La sociedad es sacrificada a la vida; y en nombre del más primario y animal de los derechos se suspende sine die el estado de derecho, y se instaura un poder decisionista que establece sin término el estado de excepción.

Michel Foucault desarrolló sus argumentos desde mediados de la década del ‘70 hasta su muerte, acaecida en 1984 a causa de un virus que, como se nos dijo en ese momento, ‘cambará a la sociedad para siempre’. En los años ‘80, en las letras de rock rioplatense, que entre otras cosas nos hablaban de ‘vivir en democracia en medio de los muertos’, una de aquellas poesías apocalípticas  más recordada nos decía que: ‘en este rollo de monos de polvo hemos perdido el rastro unos minutos. Un par de monos más, unos terrícolas, vencedores vencidos’. Pero a la vez nos advertía que todo esto se desarrollaría bajo la forma de un “ensayo general para la farsa actual: teatro antidisturbios”.

De esto se trata precisamente. Es importante retener esta idea: esto no es más que un experimento, un ejercicio de prueba de la nueva gubernamentalidad de los cuerpos. Lo relevante de esta pandemia no es ella misma, sino lo que dejará para el futuro: el rediseño definitivo de la normalidad y la institucionalidad: la emergencia de un nuevo régimen de dominación, basado en la vigilancia absoluta y el control de las palabras y los cuerpos. La mutación del estado de derecho -con la abolición de las garantías constitucionales, y la disolución de los poderes públicos- en un Estado médico-asistencial dotado de un mega-poder administrativo de control, cuyos funcionarios ejercerán su dominación de un modo ascéptico, con barbijo, guardapolvo y guantes de goma.

Como se ha dicho, en lo que hoy observamos de lo que se trata es de un ‘ensayo general’ a escala planetaria; una puesta a punto que se decide por fin atar los cabos hasta ahora sueltos. Todas las posibilidades, y las ‘tecnologías’ de vigilancia, control, y telepoder ya estaban disponibles, pero hasta ahora no se las había articulado, ni implementado u operado como un ‘sistema’. A eso es a lo que asistimos hoy. Al experimento de la factibilidad, operatividad y viabilidad cotidiana de una neo-gubernamentalidad estatal aseguradora.

Ni una voz en contra, ni una -ya inconcebible- manifestación pública o concentración de protesta. Los más afectados y perjudicados -los que no pueden ni salir de sus casas ni ir a trabajar, o los que, autorizados con un permiso especial para salir, deben quedarse afuera del tren o el colectivo-, son los menos dispuestos a quejarse o protestar, porque son ellos los que eligieron al poder democráticamente autorizado a disolver y disciplinar a toda la sociedad. Porque toda esta parafernalia de tecnología de ejercicio del biopoder es la herramienta fría que requería un programa que también se ha venido gestando, pero no encontraba sus bases de legitimidad, hasta converger aquella técnica finalmente con el programa: el populismo como técnica de ejercicio del poder. Por eso es que hoy todos callan: porque por fin queda consagrada como alternativa legítima de poder la oleada de regímenes populistas que desde el comienzo de este siglo se proponen poner una lápida final a la era de la vigencia del estado de derecho, su estructura institucional y sus valores. Asistimos a la proliferación de un virus que corroe y mata la constitución liberal.

El reino del terror devenido en pesadilla sanitaria. El miedo al desborde de los hospitales, la ausencia de camas y respiradores, a los muertos hacinados entre los vivos, justifica el nuevo Leviathan en nombre -como aquél del siglo XVII- del individualismo, el organicismo y biologicismo más absoluto. La vida, alguna vez fundamento de los derechos del hombre, es puesta ahora al servicio de la abolición de los derechos del hombre y el ciudadano.

En esta dictadura científica, se cumplen los preceptos de la neolengua orwelliana que nos explicaban que 'la guerra es la paz; la libertad es la esclavitud; la ignorancia es la fuerza'. Las clases en las aulas se suspenden ad infinitum. La actividad económica, cultural, académica, social, han sido definitivamente paralizadas. La política ya no existe -los partidos y movimientos no protestan, el congreso se ha autodisuelto-  frente al consenso sanitario y el poder de los científicos. Sólo la dominación pura y simple de los hombres buenos y sabios, los integrantes de la casta de los únicos autorizados a circular libremente. Junto con un periodismo al que su libertad ambulatoria se le concede a cambio de que deban 'informar bien' y 'no mentir'; esto es, justificar y avalar, sino aplaudir; pero no cuestionar. La sociedad callada, la prensa acallada. El gobierno del miedo, que en nombre de la vida ha decidido aniquilar la producción y el trabajo, la industria y el comercio, y toda actividad social y cultural -para no reconocer que nunca tuvieron una politica para atender estas cuestiones-. La naturaleza, mientras tanto, renace y avanza, ya que los hombres retroceden y se refugian en sus ciudades fantasmas, liberada por fin de la invasión de los millones de hombres encapsulados en sus cubículos durante un plazo sin fin.

Los partidos políticos, el Congreso de la Nación, los tribunales de justicia, se han autoliquidado. Con una economía en coma, a punto de morir, todos aceptarán la estatización general de las empresas, el congelamiento de los precios y los contratos, la regulación y planificación central, la emisión monetaria sin fin, y un subsidio mínimo vital y justo para todos.

Por fin hemos llegado a un consenso básico: para salvar la vida, para que el hombre viva, es necesario que la sociedad muera, se anule y deje de existir. La sanidad -el cuerpo, el propio uno- prima sobre la producción de la vida social. Esa es la conclusión final del gobierno de los científicos, que de ahora en más no tolerará jamás ninguna objeción, ninguna disidencia, ninguna protesta, en nombre del sacrificio común que a todos se nos impone y exige para aceptar de ahora en más una mera supervivencia animal, una existencia miserable.

De la ausencia de todo poder -de toda idea para el ejercicio del poder-, de la completa parálisis e impotencia, surge de pronto, por mera contingencia, el más gigantesco e inapelable de todos los totalitarismos. El pensamiento, la reflexión, la palabra, ya son cosa del pasado. Pero a partir de ahora el pasado -así el más próximo como el más lejano- y sus discordias han sido para siempre abolidos. Por ello asistimos hoy al cumplimiento del apotegma del Ingsoc, que tal y como sostenía G. Orwell  en "1984" sostiene que 'quien controla el presente controla el pasado. Y quien controla el pasado controla el futuro.'

Es el nacimiento del Estado profiláctico, que por fin ha pasado de la dominación de los hombres a la administración de las cosas. El sueño de Comte y Saint-Simon se ha hecho realidad. Sólo que, si los hombres son sólo cuerpos, es decir cosas, la administración de la vida de los cuerpos ha pasado a ser la nueva modalidad de la gestión de la sociedad, esto es, de la dominación sobre los hombres. Hoy por fin la ciencia proporciona la carta de legitimidad requerida por un ejercicio de la estatalidad consistente en la administración de los hombres como si fueran cosas.

E.F.