El populismo se ha presentado siempre como un fenómeno anómalo y misterioso en el contexto de los regímenes políticos. Se lo relaciona con un estilo, con una deformación, con características derivadas de una modalidad de conducción personalista, con cierto tipo de políticas, con un tipo de interprelación discursiva, o con una modalidad de interpretación retórica de la política.
Sociológicamente, en cambio, el populismo no presenta ningún misterio. Es la expresión, en el ámbito de las prácticas políticas, de un fracaso en el proceso de modernización social.
Puntualmente, el populismo es el resultado, a nivel político, de un proceso de modernización social protagonizado por los grupos y estamentos rurales o campesinos, en lugar de ser llevado a cabo por actores, estamentos o clases urbanizadas. Es la modernización y urbanización-'civilización'- llevada a cabo por los actores del campo, en detrimento de los de la ciudad. Si la modernidad es urbana, y la ciudad es moderna, el campo representa el acervo y la reserva de la cultura tradicional, localista y pre-moderna de una sociedad. En los procesos de modernización acelerada, y sobre todo de modernización inconclusa, la ciudad no civiliza (no urbaniza) al campo ni a sus habitantes -que la pueblan como resultado de los procesos migratorios de movilización social-, sino que el campo coloniza, con sus modos, costumbres, lenguaje y estilos comunicativos, etc., a la ciudad y sus instituciones. El resultado de todo ello es la corrosión, en la práctica, de los principios institucionales propios de las prácticas 'modernas'. Este tipo de envilecimiento de la modernidad, de la urbanidad y la civilidad, cultural y políticamente se traducen en el entramado de fenómenos que usualmente agrupamos bajo la denominación de 'populismo'.
Todos los regímenes y proyectos modernizadores que tienen como protagonista principal al campesinado asumen modalidades populistas. Ejemplos: la revolución mexicana, la revolución rusa, y sobre todo la revolución china y sus herederas. En todos los casos se trata de negar o rechazar los principios de la cultura moderna, y sus ordenamientos institucionales, como ordenamientos ajenos a las prácticas identitarias del actor revolucionario -y, como tal, como elementos componentes de una cultura extranjera e invasora. El caso más 'modernizado', en el que el campesinado desorganizado alcanza a ser encuadrado y 'civilizado' institucionalmente, es el mexicano, por medio del PRI.
La naturaleza de los regímenes populistas ya había sido exhaustivamente analizada por Karl Marx en 'El 18º Brumario de Luis Bonaparte'. De ahí que la tradición marxista se refiera a este fenómeno como 'bonapartismo'. La premisa de este razonamiento es que 'el pueblo' no es 'el proletariado', ni la clase trabajadora: es otra clase, que por su estilo de vida responde a los parámetros tradicionalistas de la sociedad premoderna, basada en la dominación autoritaria, la que, debido a la debilidad social y política intrínseca a los grupos que la originan, es delegada para su ejercicio en un tercero que se coloca 'por encima de la sociedad', como 'representante de la nación en su conjunto', árbitro entre las clases, y exponente de un estancamiento en la lucha de clases urbana, por incapacidad de ambas partes de asumir las tareas de una 'clase dirigente'.
Ahora bien: si el populismo es la expresión del predominio cultural y político de las 'clases populares' -esto es, rurales y campesinas-, que se traduce en las formas del autoritarismo político, hegemonismo nacionalista, y un mix de liberalismo y socialismo articulados en términos comunitaristas que colocan al Estado como una instancia autónoma por encima de la sociedad, para la protección de los grupos sociales vulnerables, pero en particular para la regulación política del proceso económico privado; un caso muy particular del mismo será aquél en el que el populismo se origine a partir de una constelación de actores rurales a los que ya no puede estrictamente denominarse 'campesinado', pues en ese caso particular el campesinado es una clase estadística y demográficamente marginal.
Me estoy refiriendo a un tipo de populismo 'sin campesinado', surgido en una sociedad eminentemente urbana, o urbanizada -en la que al menos el 70% de la población vive en las grandes ciudades-. Se trata de un tipo de populismo muy especial: la influencia de los estamentos rurales en sociedades cuya estructura social es eminentemente urbana, pero cuya economía y su renta global gira en torno al sector primario, y a una forma de producción eminentemente agrícola. Una sociedad urbana sin industrias, o desindustrializada, con una migración interna aluvional constante, como resultado de que las relaciones propias de su ordenamiento económico agrario son expulsoras de la población rural.
En un contexto como éste, las ciudades no cesan de incrementar su población por medio de la recepción y absorción de la población rural excedente. Esta población -portadora de usos, costumbres, valores, prácticas y lenguajes rurales- se asienta y acumula en las periferias de las grandes ciudades, y progresivamente coloniza grandes espacios dentro de las mismas, bajo la forma de asentamientos precarios que no cesan de crecer, y que tienden a borrar los límites entre las ciudades y sus periferias, extendiendo así sus 'conurbanos'. Pero esta ciudad no tiene estructuras económicas, laborales u ocupacionales capaces de absorber e 'incluir' a dicha población en el sector laboral formal, ni en su actividad económica 'urbana', ya que la economía industrial se encuentra estancada.
Esto da como resultado que 'la sociedad se revoluciona, pero el hombre no', como dice Marx en 'La cuestión judía'. La cultura rural arraiga de este modo en las grandes ciudades: en sus periferias, en sus 'conurbanos', y finalmente en los grandes asentamientos precarios urbanos mismos. Es el campo -la población rural- que se ha desplazado a la ciudad; pero a la vez, permanece inmune a la ciudad. En este contexto, la ciudad no civiliza, sino que por el contrario, se barbariza. El ‘obrero nuevo’ -producto de las migraciones internas del campo a la ciudad- no es un actor surgido de las relaciones económicas industriales propias del medio urbano, sino que es, simplemente, un campesino vestido de overol. Las nuevas masas obreras arrastan consigo la cultura tradicional, autoritaria y localista surgida del medio rural, la reproducen intergeneracionalmente en el nuevo locus urbano, y la adaptan contínuamente a las mutaciones del mismo.
Los grandes conglomerados periurbanos reproducen intergeneracionalmente, como queda dicho, su rústica cultura tradicional de raigambre local originaria -con su estilo de vida, sus usos, costumbres, forma de ocupación del espacio y hábitat, modismos comunicativos, etc.- en el nuevo contexto espacial. Por otro lado, este mismo contexto, con sus propias estructuras comunicativas ampliadas por los medios de comunicación de masas, no sólo incorporan a su acervo cultural las nuevas modalidades, favoreciendo la hibridación cultural rural-urbana, sino que contribuyen a la difusión de las novedades surgidas de dicha hibridación -ni rural, ni urbana; ni tradicional ni moderna- a escala de la sociedad global, incluyendo así a las poblaciones urbanas, y a los asentamientos rurales originarios (con lo que se favorece una 'para-modernización populista' de caracter cultural, que se incorpora a las prácticas interactivas e institucionales de las nuevas generaciones).
En un proceso inverso al que Jürgen Habermas denominaba 'colonización sistémica del mundo de la vida', aquí los 'sistemas' -esto es, las instituciones y prácticas moderno/urbanizadas, funcionalmente diferenciadas- son 'colonizadas' por un 'mundo de la vida' de origen rural, que rechaza las reglas formales y procedimentales que ordenan el funcionamiento interactivo e institucional de la vida urbana, como extraño y ajeno a su propia cultura y modo de vida; y que afirma valores particularistas, personalistas y basados en el parentesco y el patronazgo personal, tradicionales (anti-modernos), autoritarios, rústicos, anti-intelectualistas, anti-meritocráticos, y anti-institucionales o formal-legalistas ('impersonales').
Al decir que el populismo se caracteriza, además de por su anti-intelectualismo (como forma del anti-elitismo), por su ‘anti-institucionalismo’, no quiero decir que el populismo no sea capaz de crear instituciones -sus propias instituciones-; sino que el mismo es ‘refractario a las instituciones’ -no sólo a las ‘antiguas’ o ‘clásicas’ (ya a las previamente vigentes en términos históricos, o a las que de caracter ‘racional-legal’ en términos procedimentales, y propias de la sociedad urbana industrial moderna), sino incluso a las propias: es una modalidad, arraigada en los valores, las actitudes y las costumbres- de desobediencia como forma de la rebelión y la resistencia de la cultura rural a la urbana moderna, que le resulta extraña. El populismo resiste a los encuadramientos normativos, y se sujeta sólo a relaciones de poder -a la sumisión a un poder extraño, por debilidad, o a la imposición a este poder extraño de sus propias normas; pero a la vez a la desobediencia burlona de las mismas, ya sean propias o ajenas, en una actitud a la vez cínica y lúdica respecto de ellas, como una mera afirmación y expresión reveladora de la voluntad -y de la identidad- de los que mandan.
El populismo es el proceso de colonización de la ciudad por el campo, y la derrota de la civilización por la barbarie. Es, en suma, un tipo de socialización que pone de manifiesto el fracaso del proyecto de la Modernidad, y la posibilidad realizada de una desviación o distorsión del mismo, en el que se invierten los valores que le dieron origen.
Ahora bien, en una era de globalización acelerada, de migraciones intra e internacionales masivas de las regiones y países más atrasados y pobres a los más adelantados y ricos; y de incorporación a la economía y las comunicaciones mundiales de inmensas poblaciones hasta ahora localmente arraigadas, la modernización ya no puede pensarse más como un proceso etapístico de pasaje de la sociedad tradicional a la moderna, y de desplazamiento del centro de gravedad social del campo hacia la ciudad. Campo y ciudad, tradición y modernidad, civilización y barbarie coexisten y se hibridan mutuamente -la modernización es sistémica, y la tradicionalización populista es social-, por lo que los procesos populistas son y serán inevitables en la medida en que las poblaciones rurales migrantes, o los bolsones obreros desproletarizados (segmentos y capas de desocupados estructurales y crónicos; y clases medias precarizadas), no puedan ser incorporadas a la 'civilización moderna' industrial y urbana; sino que, al encontrarse estancadas y sólo incluidas bajo la forma de la exclusión, se conviertan en gigantescos ghettos marginales dotados de una subcultura propia que rechaza los principios de la modernidad. En las etapas anteriores de la modernización, la misma era interpretada como un pasaje y una transición que implicaba un progreso: por lo tanto, como una invitación al aprendizaje como vía de incorporación e inclusión social. En la etapa actual, por el contrario, las culturas locales tradicionalistas originarias son reivindicadas como poseedoras de un valor propio, y la aspiración de las 'masas populares' es la de ser incluidas 'tal y como son', sin someterse a ningún proceso de ‘civilización’, educación, aprendizaje, urbanización o modernización universalista de sus estilos de vida. Esto es una consecuencia práctica del abandono del ideal u horizonte de la historia como 'progreso' o 'evolución', el aplanamiento de los horizontes temporales y los proyectos sociales, y el 'relato' dominante acerca del 'fin de la historia'. El mismo se traduce en un sincronismo perpetuo, y en una coexistencia inescapable de lo viejo y lo nuevo, lo particular y lo universal, la civilización y la barbarie, en un mismo contexto indistinguible.
En la medida en que dichas tendencias quedan encapsuladas como manifestaciones culturales 'étnicas' o de las nuevas 'tribus urbanas', pero no alcanzan a colonizar el ámbito de las instituciones políticas modernas -esto es, al estado de derecho-, forman parte del pintoresquismo posmoderno de la modernidad globalizada. Pero en la medida en que el sistema político carece de instrumentos para impedir su colonización por este tipo de orientaciones culturales, que se apoderan del mismo en nombre de la 'democracia' y la 'inclusión', es que surge el fenómeno político conocido como 'populismo'.
E.F.
