Apuntes sobre Nacionalismo y Liberalismo
Ante los recientes acontecimientos de la política local e internacional que imprimen un marcado sesgo a las dos primeras décadas del siglo XXI -y muy agudizados en este año que concluye-, me propongo en estas notas explicar la diferencia entre liberalismo y nacionalismo; esto es, qué debemos entender por nacionalismo (en tanto que antiliberalismo), y señalar que la oposición entre ambos constituye la verdadera contraposición ideológica que ordena los conflictos de la sociedad moderna global.
Aclaro en primer lugar que por 'liberalismo' me refiero al liberalismo político -esto es, a la doctrina e instituciones del estado de derecho-, y no al liberalismo económico, al que preferiría denominar 'librecambisno' (a los fines de distinguirlo del anterior), y que consiste en la libertad, no de los hombres, sino de las mercancías para interactuar entre ellas de acuerdo con sus propias reglas (concepción económica a la cual aquí no haré referencia, y que requeriría de otras consideraciones, destinadas a otros textos que probablemente lleguen más adelante).
Todos estos análisis del pensamiento político requieren una remisión explicativa de carácter histórico, sobre el origen de esta distinción, como surgida a comienzos del siglo XIX, a partir de las guerras de invasión napoleónica a Alemania, Rusia y España, y las secuelas de estos procesos geopolíticos en Latinoamérica (pues los procesos independentistas latinoamericanos son no sólo contemporáneos, sino consecuencias directas de la revolución francesa y las guerras contra Napoleón y su imperio).
La oposición ‘izquierda/derecha’ -a la que habitualmente se considera como la contraposición ideológica fundante de la política moderna- parte de los intereses surgidos en el contexto de una sociedad industrial, ordenada en base a la distinción entre clases, que se funda en la capacidad de apropiación de los recursos materiales mercantilizados. Es la oposición surgida al interior de una sociedad industrial moderna, que es entendida bajo la forma organizativa de una fábrica o empresa, con conflictos internos a la gestión de la misma entre los grupos que la componen.
La contraposición nacionalismo/liberalismo, o patria/imperio, se origina por el contrario en la relación conflictiva entre sociedades modernizadas-expansivas, y sociedades no modernizadas, tradicionales, y sometidas a colonización como consecuencia de la expansión del moderno capitalismo. La reivindicación de la nación es la reivindicación de la propia identidad local, como algo propio, natural, y dado de forma subyacente o constitutiva (sustancial) a las comunidades, o 'pueblos'. Se trata de la contraposición entre 'lo mismo' y 'lo otro', o 'lo propio' frente a 'lo extraño' -a la vez que entre lo tradicional y lo moderno-.
Por lo cual el nacionalismo no se basa en la defensa de principios o valores, es decir, ideas o ideales. El nacionalismo no es racional(ista) ni se basa en argumentos, ideales o pensamientos. Se basa en sentimientos -el sentimiento, la certeza primaria de la propia identidad, como atacada, agredida, o agraviada u ofendida por una fuerza extraña-. El nacionalismo es, efectivamente, ‘amor a la patria’, pero como rechazo a todo aquello que tiene un origen ajeno a la propia patria. El nacionalismo es refractario al intelectualismo, el racionalismo y la argumentación. Se basa en sentimientos primarios de adhesión e identificación grupal. Es la manera 'moderna' (debida al 'cambio de escala') de reformular el localismo particularista pre-moderno, de las aldeas y comunidades tradicionales. Una consecuencia de esto es que el nacionalismo no se presenta como ideología ni puede ser encasillado en una grilla de ideologías -en un sentido ‘programátco’ y argumental (como sí ocurre con la oposición izq/der).
Otra consecuencia característica es que el nacionalismo no se basa en, sino que más bien rechaza, los argumentos o principios 'universalistas' o generalizables, y más aún cuando estos se presentan bajo la forma de argumentos abstractos, principios o reglas impersonales. La reivindicación de la propia identidad grupal se basa en el presupuesto de que todos los lazos humanos válidos son lazos de tipo directamente interpersonal (quiero decir, informales y no institucionalizados), basados en criterios particulares y concretos, antes fácticos que discursivos; y afectivos más que racionales -fundamentalmente: relaciones entre semejantes, o entre diferentes; y especialmente, relaciones entre portadores de similares o diferentes dotaciones de poder (esto es, vínculos simétricos o asimétricos). El nacionalismo se opone al liberalismo porque éste -que en términos políticos, institucionales y jurídicos, es el fundamento ideológico de las instituciones del ‘estado de derecho’- se basa en argumentos universalistas, y de tipo procedimental; y establece reglas y principios generales, de aplicación universal (esto es, igualitaria), que no reconocen diferencias identitarias, locales, personales, o grupales. En esto se basa la oposición y rechazo fundamental del nacionalismo al liberalismo (así como al clasismo, que también se basa en principios universalistas).
El liberalismo parte de la premisa de que los sujetos políticos son los individuos, en tanto que miembros de distintos grupos, que pueden asociarse en defensa de intereses comunes. Como estos intereses son y serán distintos, una premisa del liberalismo es el pluralismo, la ineliminable diversidad humana expresada en sus modos de pensar, vivir, y proyectar la sociedad y la convivencia común. El liberalismo, por tanto, no sólo tolera la división y contraposición ideológica, sino que la asume, afirma y estimula como mecanismo de autorregulación social. El resultado organizativo de esto es que el liberalismo da lugar al surgimiento de diversos partidos, con ideologías diversas, opuestas y hasta antagónicas. El ordenamiento político liberal es así un 'pluriverso', o un orden pluralista. A partir de ello, es poco probable que -excepto en situaciones críticas que amenacen a la comunidad global o el ordenamiento institucional que permite dicho pluralismo- esos partidos puedan actuar conjuntamente. No existe 'un' partido liberal homogéneo: el liberalismo se expresa institucionalmente en la institucionalización de la fragmentación asociacional y partidaria, en un 'sistema de partidos' competitivos que aspiran al ejercicio del poder público, no coordinados entre sí, que respetan ciertos principios y reglas comunes de convivencia democrática.
El nacionalismo, que cree en la representación política de una identidad sustancial homogénea, se presenta políticamente por lo general bajo la forma del ' partido de todo el pueblo', y si bien tiene o puede tener muchas fracciones y líneas internas, ante la posibilidad de la conquista del poder y el desplazamiento del ordenamiento institucional liberal, o frente a la situación del despojo del poder, se presenta siempre unificado, como un 'frente' o un 'movimiento nacional' que contiene a todas sus expresiones; de tal modo que éstas no compiten entre sí formalmente, sino que se subordinan a un liderazgo personal carismático. Todo lo cual converge con su interpretación de la sociedad, la política y el estado, no como un conjunto de relaciones sociales ordenadas ('instituciones'), sino como un conjunto de relaciones entre grupos particulares asimétricos; y relaciones interpersonales, ya sean de parentesco, mutuas contraprestaciones o intercambio de bienes y favores, y de lealtad mutua, y hacia la comunidad nacional, y el líder personal que la representa. El nacionalismo no se presenta como un 'sistema' compuesto de partes, como un régimen plural fragmentado, sino como una alternativa global al orden liberal; esto es, como un frente o movimiento políticamente unificado. Tanto la competencia como la deliberación y la crítica, que son positivas para el liberalismo, son rechazados por el nacionalismo como factores de debilitamiento, fragmentación, y disolución de la unidad subyacente -sobre todo, en los contextos institucionales en los cuales se impone el orden institucional liberal ('estado de derecho'); y el nacionalismo se presenta como el proyecto históricamente derrotado en las guerras civiles que decidieron el ordenamiento político e institucional de una nación.
Con la convocatoria de 1789 a los Estados Generales franceses, y la ubicación de los 'tres estados' en la sala de deliberaciones del palacio de Versalles, surgió la distinción entre izquierda y derecha, que representaba la oposición entre los actores defensores del Antiguo Régimen y del nuevo orden liberal burgués, basado en los principios del estado de derecho y el gobierno limitado y representativo. En el transcurso del siglo xix, y en particular a partir de 1848, la distinción i/d pasó de referirse a dos etapas distintas de la evolución y organización social, a referirse a los intereses antagónicos dentro de la misma sociedad moderna, en tanto que sociedad industrial capitalista, entre propietarios y no propietarios de los medios de producción de la riqueza social.
Pero con las invasiones napoleónicas a Alemania, Rusia y España, los valores y principios de la revolución francesa y la ilustración (incluyendo el gobierno limitado y la división de poderes) fueron percibidos por estos estados como la propaganda de un estado invasor, que amenazaba y atentaba contra las tradiciones y los ordenamientos tradicionales de dichas sociedades. Surge entonces la reivindicación de las particularidades como definitorias de una identidad, y el nacionalismo nace como reacción de rechazo a los valores, principios e instituciones del estado democrático constitucional moderno.
No se trata entonces de 'individual' vs. 'colectivo', 'privado' vs. 'social'; sino de 'nosotros' vs. 'ellos', lo propio vs. lo extraño y ajeno, lo mismo vs. lo otro. El universalismo como amenaza a la propia identidad, y los particularismos como afirmativos de la propia identidad.
Por ello la legitimidad del gobierno, en un caso se basa en la representación de intereses, valores y opiniones; pero en el otro se basa en la reivindicación de una identidad sustancial primaria y subyacente, amenazada y en peligro por los extraños, extranjeros, o potencias imperiales y sus lacayos locales (y por los ordenamientos impersonales que pretenden imponer). Esta legitimidad no se ciñe a procedimientos institucionales, ni cree en una representatividad procedimental y legal. La verdadera legitimidad es ajena al dictado de las leyes, incluso de mayorías electorales, ya que proviene de la representación de la verdadera identidad -la mayoría sustancial, o ‘pueblo’-, como 'lo que debe ser' o debería ser, a pesar incluso de haber sido derrotados, ya sea militar o electoralmente. Todos los gobiernos que no se basen en la apelación a la encarnación de la auténtica voluntad e identidad nacional o popular son por ello, independientemente de las instituciones formales, ilegítimos por definición, y autorizan una 'resistencia' en nombre del 'proyecto nacional', que apunta a plenificar la identidad sustancial, y eliminar los obstáculos procedimentales e institucionales (esto es, liberales y 'formales') para ello.
Correlativa a esta diferencia opera otra, relativa a la constitución y naturaleza misma del vínculo político. Para el liberalismo las instituciones políticas son ‘representativas’ en el sentido de ser derivadas de la voluntad y los fines de los integrantes de la sociedad civil, que tiene un carácter primigenio. El vínculo representativo tiene, bajo esta concepción, una dirección ascendente: el gobierno es autorizado por la sociedad, que le es previa, y le impone objetivos y límites. La fuente y origen del poder radica en las asociaciones de la sociedad civil, y en última instancia, en los individuos reunidos que la componen. Dicho poder es delegado en funcionarios con facultades limitadas, para su ejercicio y administración.
En la concepción nacionalista, por el contrario -y aquí se aprecia la influencia de las concepciones religiosas en el pensamiento político- el poder político es supremo, es una posesión de los gobernantes o ‘poderosos’ (ya que se parte de una concepción estratificada de la sociedad, dividida naturalmente entre ‘fuertes’ y ‘débiles’), que tienen como fin ordenar la sociedad, a la cual se comprende como un agregado desarticulado de grupos carentes de poder.
La sociedad consiste, así, en una lucha entre fuertes y débiles, y el Estado es el instrumento para el ejercicio de la dominación de unos sobre los otros. De aquí que la democracia se conciba como la forma de gobierno en la que los débiles -el ‘pueblo’- acceden al poder, y por medio del Estado ejercen su poder sobre los fuertes, que quedan sometidos al mandato popular. La democracia es concebida, así, como una forma de dominación. Esta concepción se refuerza con el argumento de la oposición entre propios y extraños, locales y ajenos; de tal modo que, bajo las formas de la así llamada ‘democracia’, los débiles propios, locales y nativos, imponen su voluntad a los extraños poderosos, conquistadores y colonizadores apátridas.
Creo haber mencionado y desarrollado aquí los argumentos centrales sobre la cuestión. Otros detalles, desarrollos y aclaraciones han de seguir en intervenciones posteriores, en las que me propongo abordar también el problema teórico, político y sociológico que gira en torno al término 'populismo'.
Ernesto Funes
21/12/2016
